1/29/2025

Las esmeraldas

 



Había una vez una pareja de jóvenes amerindios que decidió embarcarse en una nueva aventura: navegar en canoa por el río. Para el viaje, escogieron una embarcación que tenía el tamaño ideal para acomodar a los dos: ni muy grande ni muy pequeña, lo justo para sentir que estaban juntos pero sin estrecheces. Esta pareja estaba formada por dos individualidades, dos iguales, y cada uno llevaba su propio remo.

        Partieron muy entusiasmados de la ribera que bañaba la orilla de su poblado, remando de manera ordenada y coordinada, en completa sintonía. Pareciera que ya hubieran navegado juntos antes, pero no, era su primera vez.

        Fluían por el río tranquilamente cuando, de repente, vieron que más adelante tenían que atravesar una cueva. Al adentrarse, se asustaron: no podían verse debido a la oscuridad, cualquier movimiento en falso provocaría desestabilizarse y caerse de la canoa. Caer al agua en la oscuridad de una cueva no era lo más deseable. Así que, de manera instintiva, y al unísono, sintieron que lo mejor era mantenerse quietos y en silencio sobre la canoa, sosteniendo cada cual su remo, y dejarse llevar. Permanecer en quietud, entregarse al fluir de la corriente y confiar era lo más acertado que podían hacer en ese momento si querían atravesar juntos con éxito la oscuridad de la cueva. 

        No obstante, transitar por aquel interior les permitió desarrollar unos sentidos que muchas personas poseen pero que no utilizan. Cuando la oscuridad, la quietud y el silencio se alían, se abre la posibilidad de percibir al otro y el entorno de una manera más sutil, fomentando una escucha y una percepción más profunda. Darse cuenta de ello, y ponerlo en práctica, contribuye a ganar consciencia y sabiduría sobre uno mismo, el prójimo y la situación.

        Llegó el momento en el que esta pareja de enamorados salió de la cueva. Al principio, la luz les cegó y les llevó un tiempo acostumbrarse a la claridad. Después, ambos observaron que todo  cobraba más intensidad a la luz del día: los colores, las formas, los aromas, el canto de los pájaros…  Descubrieron una nueva dimensión de todo lo que les rodeaba y sintieron que la vida era aún más hermosa.

    Y así continuaron juntos, navegando de manera equilibrada, equitativa y alegre sobre la misma canoa y sin apenas esfuerzo; pareciera que llevaran toda la vida haciéndolo.

    Más adelante, río abajo, la pareja atravesó unas aguas de una tonalidad verde resplandeciente, menos profundas y cristalinas. Aquella visión era preciosa, un espectáculo de color, agua y luz que los dejó maravillados. Para su asombro, en el fondo del río ¡había esmeraldas! Durante un buen rato no pudieron apartar su mirada de esas piedras preciosas. Estaban magnetizados. Sin embargo, las esmeraldas estaban allí por algo en particular, tenían un para qué: conectar con su corazón. También, debían evitar cogerlas. Lo bello y lo bueno de la vida no están para ser poseídos, sino para ser admirados y sentidos en el alma; y desarrollar un sentimiento de agradecimiento es, además, de vital importancia.

    Esta pareja de aventureros disfrutó tanto de su experiencia que no dudó en repetir el mismo trayecto una y otra vez: partir de la orilla del pequeño poblado donde vivían junto a otros, atravesar la oscuridad de la cueva, salir de nuevo a luz para terminar navegando sobre el fondo de las tentadoras esmeraldas. Con el tiempo, adquirieron una especial destreza en recorrer juntos cada etapa del viaje, lo cual causó que su navegar en canoa fuera aún más estable y su unión más fuerte. En cada travesía, ambos tuvieron la oportunidad de conocerse un poco, o mucho, más y crecer juntos.

    Y un día, el Sol, por hacer de su aventura un arte, les premió. Y es que más allá del tramo de las esmeraldas existía una tierra muy fértil y próspera, ideal para cultivar. El Sol les regaló aquella tierra: un lugar donde construir su hogar, cálido y acogedor, lleno de vida. Un hogar donde reinaba el equilibro y la belleza alcanzaba su máxima expresión. Una tierra donde vivir juntos y ser felices para siempre. 

        Os deseo una productiva luna nueva en Acuario,

                                                                                        María Reino


Hoy, 29 de enero, tenemos una luna nueva muy especial: en Acuario. La luna nueva simboliza un nuevo comienzo y Acuario representa el cambio y la innovación. La luna nueva en Acuario de hoy te invita a alumbrar a un nuevo yo, el más esencial; dar a luz a la estrella que eres. 


    Despierta a la nueva realidad. Para ello, es necesario dejar morir lo antiguo, dejar atrás ese viejo yo regido por mandatos familiares y obsoletas creencias que te impiden ser tú mismo.


    Da la bienvenida con alegría a tu nuevo yo creativo y libre, tu yo más auténtico. Conecta con tu verdadero valor. Solo de ti depende, tuyo es el poder transformador. 


    Nacer, morir, renacer: el eterno ciclo de la vida. Es sabido que, para renacer a algo más grande, es necesario que algo muera primero. Nacer y morir comportan enormes sacrificios, pero ser valiente siempre es premiado.


    Para terminar os dejo con este poema de Rubén Darío:

Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor oscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno.

1/14/2025

Destinos soñados

 


En aquella tierra ancestral de exóticas especias y espiritualidad, el aire cargado de su historia milenaria se amalgamaba con el humo de los penetrantes inciensos, las calcinaciones nauseabundas y los gases causados por la combustión de la contemporaneidad contaminante. Era diciembre y, pese a todo lo colorido que me rodeaba, no pude evitar sentir una amarga decepción por la incierta tonalidad de un cielo que se adivinaba azul. Tantas veces había soñado con viajar a esta cultura, tantos textos sagrados había aprendido de memoria, y mantras había recitado, que, al llegar y verme rodeada de miseria, de moscas verdes sobre la comida en los puestos y sobre la sonrisa de los niños, no pude evitar sentirme como el gris plomo que mal nutría mis pulmones. La constante neblina de la ciudad no era como la del valle que empapaba vides y ricas huertas en mi tierra; sino una capa lechosa, que asfixiaba e impedía imaginar.


Había una constante espesura que me penetraba por los orificios nasales, dejando un rastro de oscuro sedimento en mis vías respiratorias. La polución de aquel lugar se hacía carne, así me lo mostraba la viscosidad de mis esputos, y, junto a lo que había reprimido, me había provocado una carraspera.


Sentada en el avión de vuelta a casa, intentando aclarar mi voz con un brebaje caliente con sabor a té, fui consciente de que había entrado en aquella ensoñada civilización por la puerta equivocada. Mientras nos alzábamos a los cielos, triste contemplé Nueva Delhi. Mi naif ilusión de occidental había quedado esfumada en aquella capota tóxica y asesina que la cubría.



María Reino


1/05/2025

Volar

 



Observo a los pájaros volar y al humo desprenderse de las chimeneas, y me pregunto cómo saben qué dirección tomar en la vastedad del cielo. Aquí, abajo, en tierra, existen caminos y señales que te van indicando por dónde ir; pero allí arriba, no.


Si fuera pájaro o humo, ¿cómo me sentiría?, ¿cómo me pondría en movimiento?, ¿cómo decidiría hacia dónde dirigirme? Es obvio que hay algo que induce a las aves, y al humo, a desplazarse en un sentido o en otro, a elevarse o descender; y este algo es el aire: invisible, intangible y, a la vez, determinante. Pero si observas bien, sí que hay diferencia entre el movimiento del humo y las aves, a veces. El humo, una vez se escapa por la chimenea, se deja llevar por el aire sin más. Parece liberado. Se deja acariciar y envolver por el aire, entrando en una suave danza con él hasta desaparecer. Humo y aire se enlazan, se emparejan, y así comienzan su relación, haciéndose uno en la infinitud. Es el humo el que se deja llevar por el aire; es la esencia la que, una vez liberada de la materia tras la combustión, asciende y vuela al son de lo intangible: el aire. Y este mismo gesto, a veces, puede observarse también en los pájaros.


Es una delicia ver disfrutar a las aves cuando se dejan llevar por el aire. Solo tienen que desplegar sus alas y dejarse hacer; así de fácil es. Esta imagen puede reflejar la relación entre mi alma y mi espíritu. Mi alma, cuando despliega las alas, anhela dejarse sentir por mi espíritu en un vaivén etéreo, en una danza sublime en la que ambos se hacen uno en lo intangible.


Sin embargo, esta misma ave, cuando se desplaza con un propósito por el aire, no vuela dejándose arrastrar, ni llevar, sino que, aprovechando el elemento por el que se mueve, lo utiliza a su favor para mejor llegar a su destino. Hay una voluntad en el vuelo de esta ave, y no como en el humo, o el pájaro sin rumbo, que se deja llevar por mero placer.


La voluntad. Quizá sea esto. Lo volitivo, lo que realmente quieres de corazón, y, a veces, simplemente dejarte llevar, y otras, saber volar. 


Feliz Noche de Reyes hoy, feliz Epifanía mañana,


María Reino

12/04/2024

La Suma Sacerdotisa

 


La noche había caído y un repentino sopor nubló mi pensamiento. Estaba oscuro y en silencio. Había luna nueva. 


Comencé a avanzar entre la espesura, temiendo adentrarme en un mundo  incierto y fuera de control para la mente. No sabría decir cuánto tiempo estuve así, pero al cabo de un rato, largo o corto, vislumbré una luz al final del sendero. Caminé hacia ella. Era de una vieja cabaña de madera oscura con una chimenea humeante rodeada de cedros y abetos. Fuera, en el porche, una calavera iluminada hacía de farolillo. Alguien debía de habitar aquella morada. Sin dudarlo llamé a la puerta, necesitaba pasar la noche en algún lugar, al calor de un hogar; fuera hacía frío, estaba oscuro y, además, tenía hambre y sed. Una voz femenina, y muy familiar, desde el interior de la cabaña, me dijo:


—Pasa, niña, empuja la puerta. Te estaba esperando.


Entré y vi a una anciana de espaldas. Yo no era ya niña, pero al pasar, y ante su presencia, por alguna extraña razón, así me sentí. Ella estaba ante el fuego de la chimenea, murmurando algo ininteligible ante un caldero de hierro fundido cuyo líquido interior borboteaba. Cuando se giró y me miró no hicieron falta las palabras. Supe de inmediato por qué había llegado hasta aquí. Me acerqué al caldero y con esa sonrisa de quien lo sabe todo de ti me dijo:


—No temas, asómate y dime qué ves en el interior.


Recuerdo la sensación de mi mirada, no era como la que tengo en mi conciencia ordinaria, sino otra: vaga, más relajada, abierta y desenfocada. Miré y una serie de imágenes en la superficie se dibujaron: mi cabeza flotaba en aquel caldo. No sé por qué no me asusté, pero me quedé un buen rato observando mi cabeza cociéndose en aquel líquido, sin tratar de comprender nada. Y así pasó el tiempo. No sé cuánto, si mucho o poco.


Sonó el despertador. 


Abrí los ojos y, en la semioscuridad de la habitación clareada por las tempranas luces del nuevo día, fui despertando. 



María Reino




La carta de la Suma Sacerdotisa es el Arcano Mayor número 2 (de los 22 que son), y la imagen de la cabecera corresponde al Tarot de Rider-Waite. Las imágenes de más abajo de este mismo arcano pertenecen a otras barajas, otras versiones del Tarot: el de Marsella y el egipcio.








8/19/2024

Los amantes pez luna

 

Cuenta la leyenda que, en alguna pequeña isla perdida del océano Pacífico, existieron dos jóvenes enamorados cuya sonrisa aún se puede vislumbrar cuando uno mira las centelleantes estrellas de las despejadas noches de verano. La historia, para algunos, puede que no tuviera un final feliz, pero para otros, el final es, en realidad, el ansiado por todos. 

Había una vez una joven muchacha que cada día esperaba ilusionada a su joven amado en la orilla de la playa, de arena blanca y fina, de la isla en la que vivían y les vio nacer. Ella, morena de tez y de pelo —ondulado y hasta la cintura—, de ojos negros y una sonrisa que iluminaba el día y hacía soñar en la noche, era la mujer más hermosa del lugar; y el palpitar de su pecho latía por un guapo muchacho de su edad: un sencillo pescador de buen corazón que casi todos los días, al alba, se echaba a la mar en su barquita de remos.

Ella, mientras él pescaba, solía esperarlo en la orilla, bailando y cantando al son de las olas junto a las otras mujeres de su misma tribu. Era común que las mujeres de aquellas islas bailaran en la mañana con una danza ancestral, cuyos movimientos de brazos, manos y dedos expresaban con delicadeza femenina y elegancia el saludo al sol y un eterno agradecimiento por la abundancia que la tierra en la que vivían les proveía cada amanecer. Todas juntas danzaban y cantaban con alegría, y flores frescas adornaban sus cabellos sueltos y ondulantes como la mar. Al atardecer, eran los hombres y las mujeres quienes danzaban encendiendo un fuego en la playa, despidiendo así el día y dando gracias, de nuevo, por todo lo recibido. En este paraíso se respiraba amor, felicidad y tranquilidad.

Cuando el muchacho arribaba, ya entrada la mañana, con su pesca, su amada, orgullosa, salía a su encuentro, fundiéndose con él en un abrazo. Después pasaban el resto del día juntos, correteando por la playa, jugando en la orilla con la espuma y las olas, y haciendo todas esas cosas que solamente hacen los enamorados en esa tierna edad.

Pero había una sombra sobre la historia de amor de estos dos jóvenes. El padre de la muchacha no veía con buenos ojos la relación de su hija con este sencillo pescador, pues quería para ella otro joven: un apuesto y engreído muchacho, hijo del jefe de la tribu de la isla más próxima a ellos. A menudo le hablaba a su hija de la conveniencia de su unión con este joven por el bien de ambas comunidades. Ella se negaba a escuchar a su padre, prefería vivir sintiendo el latido de su corazón, y, una noche, tras una fuerte discusión con su padre, la muchacha, incapaz de conciliar el sueño, con la tristeza en sus ojos, se levantó y decidió acompañar y despedir a su amado en la orilla para desearle buena pesca aquel alba. Con un beso se prometieron amor eterno y, con una sonrisa, un hasta luego. Ella permaneció esperando en la orilla de la playa en la que ambos solían pasear su amor y alegría. 

Las horas pasaron, y allí la joven, como siempre, esperó danzando y cantando a la vida. Pero las horas pasaban, y el calor del mediodía empezó a apretar y el joven no llegaba. Llegó la tarde, y allí ella siguió sin cantar ni danzar, mirando con congoja el horizonte, tratando de atisbar la barca de remos que llevase a su amado de vuelta a la orilla, a ella. Al ocaso, la muchacha ya ansiosa empezó a desesperar, temiendo lo peor. Nadie sabía nada y todos miraban con tristeza a aquella bella muchacha.

Cuando cayó la noche, su padre ordenó ir a buscarla para que regresara a casa, y ella no tuvo otra opción que obedecer. Los ojos de la joven ya no destellaban la alegría del amor, y las gentes del lugar trataron de animarla, convenciéndola de que alguna corriente podría haberle desviado hacia otra orilla o quizá hacia la isla vecina. Pero ella, en su corazón, sentía la opresión de la preocupación por su amado, el igual con el que hasta ahora había paseado despreocupada su dicha por la playa de la isla que les vio nacer.

A la tercera noche, cuando la luna lucía en todo su esplendor, mientras todos dormían, la joven decidió salir y tomar otra barca con remos. Se adentró en la mar. La noche estaba tranquila, y la luz de la luna llena le ayudó a seguir el rumbo que ella sabía su amado tomaba cada día antes del amanecer. Remó y remó, y se adentró cada vez más en aquel horizonte que nos acerca a otro mundo y nos separa del nuestro. Allí, sola, ante la inmensidad de lo infinito y con la noche brillando sobre ella, miró a la gran madre, la luna, y le pidió que, por favor, le ayudara a encontrar a su amado para no separarse nunca más de él. Tras varias horas esperando, por fin divisó algo meciéndose a la deriva: era la embarcación de su amado, arrullada por la marea. Aunque estaba muy cansada de haber estado remando durante varias horas, remó con más ahínco hasta que por fin alcanzó la barca para descubrir, tristemente, que su amado no estaba allí. Tan solo estaba su red enganchada a la cornamusa de amarre y enredada con el cabo. Al acercarse aún más, vio que, en el agua, parecía haber atrapado en la red un pez luna. Al inclinarse para liberarlo, la joven cayó al agua. El silencio se hizo en la mar. Tan solo quedaron las barcas de ambos enamorados meciéndose al unísono, acogidas en un gran círculo de plata.

Nadie volvió a saber de aquella muchacha tampoco. Pero cuenta la leyenda de aquellas islas que, por estas fechas, cuando hay luna llena se oyen sus risas llegando a la orilla con cada ola del mar, y se adivina la sonrisa de ambos titilando en el cielo en las despejadas noches. Incluso, quienes han llegado a visitar esta pequeña isla del Pacífico cuentan que allí aún están, juntas y amarradas en la arena de la playa, las barcas de los dos amantes, unidas por una cartela rememorativa en la que se puede leer: Los amantes pez luna

Como curiosidad, a añadir a esta leyenda, acontece que, las noches de esta época del año en las que ambos desaparecieron, los peces luna acuden al mismo lugar para reproducirse durante las noches de plenilunio. Es por esto que los lugareños decidieron llamar al astro de estas fechas, que con luz de plata nos baña en la noche, La luna de los amantes pez luna.

    Que tengáis una feliz noche de luna llena en Acuario,

                                                                                            María Reino


Texto y dibujo: María Reino

8/07/2024

Un cuento de hadas de los de entonces


 

El verano, como siempre, era caluroso pero efímero, y el paseo por las avenidas del jardín, que antiguamente había sido propiedad exclusiva de la familia real, procuraba a la población cercana un alivio al sofocante calor y un refugio de la ardua cotidianeidad. Pasear entre la exuberancia de aquel vergel era adentrarse en una atmósfera donde lo efímero se percibía en el breve lapso de las vacaciones estivales. Y pese a la transitoriedad, en aquel jardín el tiempo parecía suspenderse, atrapado en una quietud detenida entre dos períodos más largos y, por momentos, agitados. Así había sido siempre para Sandra.

Sandra era una de esas mujeres afortunadas que había podido dejar de lado su profesión para dedicarse por completo a su hijo y su hogar. Aunque para su madre y las mujeres del pasado esta forma de vida había sido la única opción, en tiempos presentes, con la incorporación de la mujer al mercado laboral, suponía un auténtico lujo renunciar, siquiera temporalmente, al desarrollo profesional, y quizá también al personal, para entregarse a una labor que durante siglos había sido incuestionable. 

Aquel era, además, el primer verano en el que su hijo corría, y saltaba, y Sandra había pensado que no habría mejor lugar para expandir y ejercitar aquellas rechonchas piernecitas que bajo el verdor de los grandes plátanos de sombra y los aromáticos tilos del magnificente jardín. Se entregaba a la maternidad con entusiasmo, convencida de la importancia de una crianza comprometida y consciente. Había leído diversos libros sobre el tema e incluso asistido a algunos talleres. Observaba sus ojeras y las diferenciaba de las otras mujeres de su edad, aquellas que debían fichar a las ocho de la mañana en una oficina y ausentarse de casa por más de diez largas horas.

Las ojeras de Sandra eran del color de los despertares tempranos, cuando su retoño, con energía desbordante, irrumpía en su cama dando brincos y reclamando el desayuno con alborozo. Y qué mejor despertar que aquel: ¿El estridente pitido de una alarma que obliga a apresurar un café amargo y trazar un delineador sobre una mirada agotada? No. Mucho mejor era abrir los ojos y encontrar a su pequeña estrella sonriendo al asomar el sol, anunciándole, con tumbos, una nueva jornada llena de posibilidades. Su hijo le había devuelto el sentido de la aventura que, tarde o temprano, la adultez roba a casi todos.  

        Después del desayuno y de recoger la casa, aprovechaban las horas en que el calor aún no apretaba demasiado para salir hacia el jardín real. Con suerte, pensaba Sandra, su pequeño, al corretear entre setos y fuentes, respirando la fragancia que los tilos desprendían en la humedad estival, caería en un sueño reparador que le permitiría a ella descansar un poco también. La energía desbordante de su hijo la mantenía exhausta, con unas permanentes ojeras que disimulaba con corrector.

Aquella mañana de agosto, el calor y la humedad eran aletargadores, pesaba respirar. Sandra se sentía más cansada de lo habitual; sus pies no querían caminar, sino arrastrarse, y de vez en cuando tenía que detenerse para tomar aire. La atmósfera parecía densa, impregnada no solo del aroma exuberante de la vegetación, sino también del verdor húmedo que el río exhalaba en verano al atravesar el valle. Todo tenía un aire de extrañeza, como si el mundo se percibiera a través de un velo difuso. Al pasar junto a un banco de madera con respaldo, Sandra aprovechó para sentarse mientras su pequeño jugaba, restregando un palito contra la tierra seca. De pronto, el niño tropezó con las raíces someras de un plátano de sombra y, con la fascinación del asombro infantil, exclamó: 

—¡¡Mamá, mira!! ¡¡Este árbol tiene una nariz y una boca!!

Sandra sonrió con nostalgia y abrió los brazos para recibirlo. 

—¿Sabías que la abuela, cuando yo era niña, me contaba que por esa nariz los duendes que viven dentro del árbol pueden oler a todos los niños que pasan cerca?  —dijo, con un brillo travieso en la voz.

—¿Y por qué, mamá? —preguntó el niño, llevándose un dedo a la boca. 

—Porque por esa boca grande que ves ahí, junto a la nariz, aspiran a todos los niños que no obedecen a sus papás y a sus mamás, igual que la aspiradora que tenemos en casa. 

El rostro de Pablo palideció de inmediato. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y, al contemplar su expresión aterrada, Sandra sintió una punzada de culpa. Había asustado a su hijo. «¡En qué estaba pensando!» se recriminó, mientras intentaba consolar la llantina espontánea de su pequeño, estrechándolo contra su pecho. ¡Qué crueldad asustar así a una criatura! Se sintió la peor madre del mundo. No solo mala madre, sino mala persona. Había traicionado el código de la crianza respetuosa que tanto se había esforzado en seguir.

Tras unos minutos de mimos y susurros, el niño se calmó. Sandra lo sentó en el banco y le acarició el cabello.  

—Espera aquí, voy a buscar la botella de agua. 

Se levantó, se agachó para sacarla del carrito y, al incorporarse, su hijo ya no estaba.

—¿Pablo? —llamó, sorprendida, mientras barría con la mirada los alrededores.  

Al no verle ni oír respuesta, un grito desgarrador estalló de su pecho:

—¡¡¡¿¿Paaaaabloooooo??!!! 

El jardín entero pareció quedar en suspensión. Ni el más leve susurro de hojas rompía el silencio sofocante. Con el miedo trepándole por la garganta, Sandra miró el árbol de raíces misteriosas, lo rodeó, escudriñó los setos cercanos y, entonces, algo se movió entre las ramas secas. Se acercó de un salto y vio, fugazmente, una figura de piel verde, de la estatura de su hijo, alejándose a brincos.

        Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Pablo, hijo —balbuceó, casi sollozando, mientras rescataba a su pequeño de entre las ramas secas—. Mamá te dijo que te quedaras ahí. 

Lo observó: tenía arañazos en los brazos, un agujero en la camiseta, manchas de tierra en la cara y algo de arenilla en la boca. Le sacudió el polvo de los pantalones y preguntó:

—Pero ¿qué ha pasado? Mira cómo te has puesto...

        El niño, afectado, la miró fijamente.

—Un niño de color verde me ha empujado, mamá. Y se fue por allí —dijo, señalando con su dedito hacia el punto exacto donde Sandra había visto desaparecer a la criatura. 

Luego, con el mismo gesto de antes, se llevó el dedo a la boca y, sin apartar la mirada del horizonte, preguntó:

—Mamá, ¿es eso un duende?


Texto y fotografía: María Reino.

5/07/2024

Cómo surgieron los cuentos, la música y el baile

 


Hoy es un día especial: hace 47 años vine a este mundo. Nací en el día del sabbat a una hora en la que el sol no proyecta sombra. Y como hoy es mi cumpleaños, y, como dice la canción: I can cry if I want to, quiero honrar mi día compartiendo uno de los cuentos que escribí recientemente (una mañana de esas en las que me da por madrugar y ponerme a escribir delante de mi ventana). Fue otro día 7 de hace dos meses. Las nubes de aquella temprana mañana de finales de invierno me inspiraron.

    Hoy el día luce sin nubes y la noche sin luna. Es un nuevo comienzo, lo sé, olí su fragancia cuando abrí de par en par mis ventanas al despertar.





7 de marzo, 2024

El día ha amanecido soleado, con algunas nubes que parecen de prestado, vacías, inertes aunque parezcan bellas. Quizá estén de paso y duden sobre adónde ir. No quieren marchar, se encontraban muy bien sirviendo de suelo en el Olimpo, el hogar de los dioses. 

Pero, un día, hubo una reunión de todas las deidades olímpicas, y todas acordaron por unanimidad que lo mejor sería renovar el decorado; querían otros colores en su hogar, otro ambiente. Estas nubes, además, se habían desgastado mucho con el paso del tiempo; de tanto ser pisadas y traspasadas. Los dioses atravesaban continuamente estas nubes cuando bajaban al mundo de los mortales, y, de hecho, estaban tan desgastadas que habían perdido gran parte de su sustancia. No solo ya no servían de suelo firme, sino que además se podía ver a través de ellas. Que los humanos pudieran ver, cuando alzaban la mirada, lo que los dioses hacían en cada momento no les hacía ni pizca de gracia a sus olímpicas divinidades. Al fin y al cabo todo el mundo es celoso de su privacidad y ama su intimidad.

Así que las nubes, apesadumbradas, al descender a capas más densas de la atmósfera, se impregnaron de unas tonalidades grisáceas, unas, y azulonas oscuras, otras, y comenzaron a vagar sobre las tierras donde vivían los mortales, proyectando sombras, tapando el sol y dejando lluvias, granizo o incluso nieve allá por donde iban pasando.

En algunos lugares apenas se las veía, y los mortales agradecían su presencia porque necesitaban el agua que traían para cultivar sus tierras; el sol irradiaba tanta energía, y durante tantas horas seguidas, que resultaba insostenible, día tras día, absorber tanta luz.

Las culturas de estas tierras amaban a la luna. Para los mortales de estas sociedades era un gran alivio contemplarla, esplendorosa, luciendo en el firmamento junto a las estrellas. Y como se encontraban tan a gusto bajo la luz lunar y estelar, las gentes de esta sociedad aprovechaban para reunirse y contar historias bajo la mirada atenta de esta gran dama de plata, la donna mobile que durante miles de años rigió nuestros calendarios. Para estas gentes, la luna era como una gran madre; gracias a ella se congregaban a contar historias de tiempos remotos que a todos unían. Era una madre porque nutría sus almas con cuentos y embellecía sus sueños con imágenes mientras dormían.

Sin embargo, había otras culturas en las que las nubes expulsadas del Olimpo parecían estar constantemente presentes, y al sol apenas se le veía. Como necesitaban algo del calor de la luz solar para secar sus ropas, cuando el sol salía, el día se convertía en una fiesta, y las gentes comenzaban a bailar y cantar canciones para acompañar sus pasos y brincos de alegría. Las letras de estas canciones también contaban historias y pronto, además, estas gentes aprendieron a acompañarlas, por ejemplo, con utensilios de cocina. Fue así como nació la música.

Y gracias a que las nubes fueron expulsadas por los dioses, nosotros, los humanos mortales, tuvimos historias que contar, música que escuchar y bailar, canciones que entonar e instrumentos que tocar. 

     Feliz día,
   María Reino  💝                    
                                                                                                                      

Sagrada Unión

  Camino por un umbrío bosque en invierno. Los rayos del sol han templado este hábitat durante todo el día. La tarde está cayendo y, en su a...