3/26/2024

El narcisismo por casi acaba con Blancanieves

Después de las mimosas en enero, las flores de almendro en febrero, ahora, en marzo, llegan los narcisos.

Hoy en día, siento que se habla con demasiada ligereza sobre el narcisismo y se aplica a todo aquel que tan solo tiene aires de megalomanía. Pero para quienes han sido víctimas del narcisismo, saben que el narcisista es mucho más que alguien que se dé una importancia en demasía. El narcisismo va mucho más allá. El narcisista quiere acabar contigo y la belleza natural que tienes, chupándote como un vampiro tu vitalidad, para que tú, ni nadie, le hagas sombra en esa idea de grandeza que se ha fabricado sobre sí mismo. En este artículo, quiero mostrar algunos aspectos de cómo se desenvuelve esta patología a través del cuento de Blancanieves de los hermanos Grimm. Mi intención es ofrecer un acercamiento, porque este tema se puede desarrollar aún más.

Como todos sabéis, Blancanieves tiene una madrastra, que desea ser la más hermosa del reino; y, para ello, pregunta incesantemente al espejito espejito mágico quién es la más bella. Cuando la malvada madrastra se entera de que tiene una competidora, ordena matar a la bella e inocente Blancanieves. Gracias a un acto compasivo del cazador encargado de dar matarile a la muchacha, Blancanieves consigue huir hacia el interior del bosque, refugiándose en una casita en donde viven siete enanitos mineros que terminan por acogerla y, también, protegerla cuando se enteran de su historia. 

El narcisista, como la madrastra, hará todo lo que esté en su mano para acabar con su víctima, y se disfrazará las veces que hagan falta para que caigas siempre en la misma trampa. Se acercará a ti las veces que sean necesarias, interpretando el papel de desvalido y víctima para que te apiades de él; para que bajes la guardia y te confíes, y despliegues tu empatía hacia él; una capacidad que el narcisista no tiene y mediante la cual intenta cazarte. 

Su otro modus operandi es ganarse tu confianza, ofreciéndote regalos con un envoltorio muy bonito. Estos obsequios pueden llegar a ser espectaculares y/o caros. Los narcisistas no escatiman en halagos, atenciones y tácticas seductoras cuando han elegido a una víctima. El papel del regalo con el que se presentan, y llegan a atraerte a su trampa, es maravilloso; el problema viene con lo que hay dentro: un presente emponzoñado, como podéis leer en este cuento. Además, y fundamental en su estrategia, siempre aprovechará que estás a solas para hacerse contigo; con el tiempo, incluso, te aislará de tu entorno para continuar con su plan de aniquilación. 

Cuando Blancanieves está sola en la casa porque los enanitos se han ido a trabajar, la madrastra, disfrazada de pobrecita viejecita, le ofrece a Blancanieves primero una cinta de seda multicolor, con la que intenta después ahogarla. La deja sin voz, sin aliento, de esta forma la víctima no podrá ni gritar y ni pedir ayuda. En la vida real esta cinta que envuelve al cuello viene con frases, por parte del narcisista, que van haciéndote dudar de tus opiniones y avergonzarte de ellas. Las invalidará, al principio, con apreciaciones que, según el narcisista, son bromas. Más adelante, puede decirte que lo que dices no tiene sentido y que es mejor que te calles porque así estás más guapa y, además, le haces quedar mal delante de sus amistades. Hay todo un recorrido en este sentido, y es en escalada. 

Cuando ya te deja sin voz como a la ninfa Eco, su próximo intento es meterte el veneno en la cabeza. ¿Y cómo lo hace? Dándote toda clase de mensajes que van enfocados a confundirte, que son contradictorios, que desdicen lo que anteriormente te haya podido decir, además de negar lo que ha dicho, jurándote que él jamás dijo lo que sí dijo. Donde dije digo digo Diego. Niega y miente como un bellaco con la intención de que dudes de ti misma. Llega incluso a hablarte de ideas raras, descabelladas, presentándotelas como si fueran normales y la rara fueses tú por no pensar de la misma forma que él. Te argumenta las cosas de una manera que no tienen ni pies ni cabeza, y que el narcisista defiende a capa y espada; no porque él crea estas falsas argumentaciones, también conocidas como falacias, sino porque le sirven para confundirte y manipularte. ¿Os vais enterando de lo que realmente es el narcisismo? De esto va, y para lo que vale, el peine con el que la impostora viejecita peina a Blancanieves. A esta táctica en psicología se la conoce como luz de gas.

Y no parará hasta matarte, y a la tercera por casi va la vencida: con la manzana de la tentación, y con la que Blancanieves cae definitivamente muerta durante un tiempo. Por suerte, el trozo de manzana se queda en la garganta y no llega al estómago. De haber sido digerido, el hígado hubiera tenido que procesar el veneno y Blancanieves hubiese, esta vez sí, muerto para siempre.

Y es que la madrastra, como el cuento narra, no quiere de Blancanieves cualquier órgano para cerciorarse de que ha acabado con ella, sino que le pide al cazador que le traiga su pulmón y su hígado. Es común que personas que han sido víctimas del narcisismo, hayan padecido, o padezcan, desequilibrios, dolencias y/o enfermedades relacionadas con los pulmones y/o el hígado. Los pulmones son los primeros órganos receptores que reciben el oxígeno del entorno en el que vives, es decir, lo que tomamos de la vida, y si lo que respiras es tóxico, te puede doler respirar, tomar el aire que necesitas para vivir. Si, además, intentan ahogarte con una cinta, como se cuenta en Blancanieves, te falta el aire; no recibes el oxígeno que necesitas para que tus glóbulos rojos oxigenen tu organismo y eliminen debidamente el dióxido de carbono de tu cuerpo. Esto causa sensación de cansancio, y es común que las víctimas de un narcisista manifiesten una sensación de agotamiento energético.

Cuando te tiene agotada energéticamente, viene la puñalada en el hígado por parte del narcisista. El hígado, al ser el único órgano que se regenera, una manera de acabar con él es dándole una puñalada. La otra manera es ingiriendo veneno. El hígado tiene varias funciones y una de ellas es la de ser la depuradora de nuestro metabolismo. Es el que filtra las toxinas, también las emociones empapadas en toxicidad, y por mucho que se regenere y filtre, si le intoxicas, muere. Todos sabemos que cuando nuestro hígado no funciona adecuadamente, es habitual sentir fatiga y debilidad.

Una vez que acabas por los suelos, muerta como Blancanieves, y que en la vida real se puede manifestar como una depresión (muerte anímica), el narcisista te deja tirada como un juguete roto y se encamina hacia su siguiente víctima sin despeinarse.

Pero mira que los enanitos le advirtieron una y otra vez, ¿eh? Uno se pregunta, ¿por qué cae Blancanieves una y otra vez en la misma trampa? Algunos pensarán porque es tonta. Yo digo, no, no es tonta, es inocente y la inocencia no es sinónimo de falta de inteligencia. Se puede ser inocente y muy inteligente. La inocencia está, además, bendecida por la gracia divina porque simboliza la pureza de corazón; los inocentes son los que ven a Dios porque son limpios de corazón. Las personas como Blancanieves son los bienaventurados. La inocencia es no ver maldad en el otro porque la persona inocente tiene ante todo un buen corazón y cree que los demás son como ella. Es decir, hay una base de confianza (para mí de carácter espiritual) en la vida porque para las personas inocentes el mundo es bueno. A Blancanieves le ocurre que, además, al ser huérfana de madre y tener un padre ausente, no ha recibido de niña lo que necesitaba de sus padres para desarrollarse emocionalmente en condiciones, y cuando recibe un regalo de otra persona, se siente querida. Hay un anhelo de amor por parte de Blancanieves. Se crió sola, la madre murió al nacer y al padre apenas se le menciona, está ausente. Cuántos huérfanos emocionales hay en la vida, necesitados de que les quieran y que terminan emparejándose con el primero o la primera que les ofrece migajas, y lo peor, que terminan aceptando un veneno envuelto en papel de regalo.

        También, cuando una víctima está en constante presencia de un agresor, lo normal es que aparezca el miedo; y ya sabemos que cuando esta emoción nos inunda, es difícil tener un pensar claro y saber discernir lo que mejor nos conviene. Por este motivo Blancanieves le abre la puerta de la cabaña, en la que se ha instalado, a la viejecita una y otra vez.

Ahora, la madrastra, ¿por qué insiste en querer acabar con Blancanieves? Menuda ojeriza le ha dado con la pobre muchacha. Porque la madrastra es mala, dirán algunos. Sí, es malvada, pero hay mucho más. Por un lado, el narcisista no respeta los límites, se dedica a transgredir una y otra vez el límite de la puerta que da entrada a tu casa, como en el cuento. Y por otro, la madrastra es envidiosa. Los narcisistas son tremendamente envidiosos, anhelan algo de las personas como Blancanieves que ellos nunca podrán tener: la belleza del corazón que hace que personas, como la protagonista de nuestro cuento, sean inocentes, sensibles, empáticas, buenas de verdad, de corazón. No es casual que le haya dado por Blancanieves. El espejito ya se lo dijo repetidamente: Blancanieves es la más bella; pero esta hermosura no hay que tomársela de manera física, literal. Blancanieves tiene una belleza que irrita a un narcisista porque este no la tiene, ni la tendrá nunca. La belleza de las personas con este trastorno de personalidad es falsa, fabricada a base de constante esfuerzo, de mucho maquillaje, peinados y atuendos caros para que el espejo, en el que constantemente necesitan mirarse, les refleje una buena imagen aunque sea en apariencia; en definitiva los narcisistas tienen una imagen debilitada de sí mismos y son personas con grandes complejos que intentan enmascarar a lo grande. Pero cuidado, no hagas de salvadora que, en cuanto se descuidan, se les ve el plumero, quedando al descubierto su gran prepotencia. Es gente que vive vendiendo falsas imágenes. La verdadera belleza es otra cosa, está en el interior de las personas, y esto es algo que el narcisista no posee, y como te envidia, como anhela algo que tú genuinamente sí tienes pero él no, no parará hasta acabar contigo.


        ¿Qué hay que hacer cuando una persona es víctima de un narcisista? En primer lugar alejarse, poner pies en polvorosa. En el cuento de Blancanieves se dan algunas pautas. Teniendo presente que hay unas heridas de abandono y de traición, lo importante es retirarse al bosque, el lugar en el que ocurren las transformaciones en los cuentos, para conectar con la naturaleza y con su gran poder sanador. Aquí, deberás habitar un nueva casa en la que te refugiarás temporalmente. Durante este tiempo, como hace Blancanieves, deberás poner orden, limpiar, recoger, coserte (las heridas); es decir, hacer terapia. Y en este proceso de transformación, fundamental, conectar con tu instinto (distinto a la intuición), descendiendo a las entrañas de la tierra como hacen los enanitos, conectando con la naturaleza, y remontarnos, también, a nuestra infancia para ver qué pasó; para encontrar aquella roca, aquellas heridas y así poder transformarlas en una nueva confianza y asertividad, nuestro mayor tesoro, lo cual nos posibilitará ser fieles a nosotros mismos en todo momento; la verdadera lealtad. Es entonces cuando llega el príncipe en el cuento, el leal caballero y da el beso de amor a su dama, y que hará que Blancanieves vuelva a la vida. En este sentido, el trabajo biográfico se presenta como una disciplina de autoconocimiento de gran ayuda, pues te permite conectar con tu poder transformador, a convertir la paja en oro, el carbón en diamante, la roca en tesoro. Es en las entrañas en donde se halla el fuego transformador y purificador, y conectar con el fuego es fundamental para el proceso alquímico por el cual la víctima resurgirá de las cenizas como el Ave Fénix.

    Otra enseñanza que ofrece este cuento es que, para ser tú mismo, es necesario morir. Morir para acabar con lo que ya no sirve, para dar lugar a algo nuevo y poder así continuar por el camino que lleva al palacio de la dicha, el verdadero hogar. En toda muerte hay un principio resucitador. Resucitar es volver a la vida con una lección más que aprendida, es vivir con una nueva consciencia que te llevará a vivir en palacio y ser reina, o rey, de tu reino y ser feliz por siempre jamás.



        Los cuentos no son solo para niños. Los cuentos transmiten una sabiduría ancestral y sanadora porque te muestran siempre la manera de superar el dolor que todos podemos llegar a sentir por diferentes circunstancias. Los cuentos brindan, además, la esperanza de un final feliz; llegar a este final es cuestión tuya. La vida siempre trae de todo, porque así es la vida, pero lo importante es saber qué quieres hacer tú con lo que te viene. Este es el acercamiento que tenemos en el trabajo biográfico.
        Hoy en día, en nuestra sociedad, mucha gente se acerca a los cuentos con un pensamiento racional, lógico mental, y literal, y no metafórico. Cuando leas un cuento, léelo como si fuera poesía, calará mejor en tu alma y podrás conectar contigo mismo de muchas y variadas maneras. Y si te cuesta, porque eres una persona muy mental, te recomiendo primero leer La biología de la creencia del biólogo Bruce Lipton. Una de las cosas que aprenderás leyendo este libro será cómo influyen los ambientes tóxicos en los organismos, haciéndoles enfermar.
        Para terminar, te invito a escuchar en el siguiente audio otro cuento diferente al de Blancanieves, y narrado por una servidora. En este cuento, podrás escuchar qué le pasa al protagonista que vive exclusivamente en las preocupaciones mentales, algo muy común en nuestra sociedad. Cuento: El hombre que tenía mala suerte



“Si escuchas a tu cuerpo cuando te susurra, no tendrás que oírlo gritar”.


Cuídate. Con cariño,
María Reino

12/28/2023

Recordar y Desear

 




Hace tiempo, en este proceso en el que estoy de desarrollar la narradora que llevo dentro de mí, y que descubrí llevando a cabo mi propio proceso biográfico, narré, ante un público de adultos, un cuento africano, El ave mágica que hechizaba con su canto; narración que, al trabajarla, me aportó un valioso entendimiento. Coincidió, además, este trabajo con el hecho de que estaba terminando de leer el libro de La historia interminable de Michael Ende. 

Del cuento africano me impactó que un ave invasora, que llega a una tranquila y feliz aldea esquilmando sus víveres y provisiones, cautivara a los adultos con un canto, melódico y bello, que “les hablaba de un pasado que nunca había de volver”. Al reflexionar sobre el fin que un ave, que el título del cuento califica como mágica, puede tener en que no vuelva el pasado, la palabra “recuerdo” cobró un especial interés para mí. Este ave, con su canto, pretendía que el pasado, con sus recuerdos, no volviera, no se hiciese presente.

Desde que tengo doce años, cuando mi madre me compró el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares, no he dejado de buscar palabras en diccionarios, y aunque sepa el significado, me gusta releerlo, indagando aún más a través de la etimología de la palabra, su origen; y siempre ha habido un descubrimiento nuevo, un hallazgo que en muchas ocasiones he sentido como mágico y revelador.  Y es que la palabra recordar es volver a pasar por el corazón, del latín re- (de nuevo) y -cordis (corazón). Y si no recuerdas, no vuelves a pasar por el corazón, con todo lo que esto supone.

Como comenté líneas más arriba, este hecho coincidió cuando estaba concluyendo mi lectura del libro de Ende. En uno de sus capítulos finales, “Doña Aiuola” (uno de mis favoritos), leí que el protagonista, Bastian, “casi había gastado todos sus recuerdos y sin recuerdos no podía desear”. Al leer ésto sentí un ¡uaaa!, esta sensación en el pecho que te viene cuando algo en tu interior hace un maravilloso clic mientras notas cómo la mirada se expande con asombro, como si hubiese divisado una nueva tierra en el horizonte tras navegar durante largo tiempo en el mar. ¡Imagina la vida sin poder recordar! 

Tras aquel punto, la historia sigue contando: “Apenas era ya un ser humano, sino casi un fantasio” (refiriéndose a Bastian). Estar muerto en vida debe ser lo mismo que vivir como un fantasio, pensé, y fue entonces cuando hice consciente la importancia de poder desear. Ahora entendía la relación entre recordar y desear.

Pero como amante de la indagación que soy, no paré aquí, sino que continué preguntándome: si, pero desear cómo, el qué, ¿todo vale? Aquí, de nuevo, y echando mano de mis diccionarios, pude distinguir entre el deseo que conlleva ambición, codicia y sometimiento del otro, y el deseo de querer, IMAGINANDO, algo propio para uno. El deseo que se pide ante una vela de la tarta de cumpleaños, al nuevo año que está por comenzar, el deseo que se pide soplando una pestaña que se ha desprendido de los acáis o exhalando tus deseos ante la aureola plumosa abundante en semillas del diente de león. Los ojalás que pronunciamos en nuestro interior cuando avistamos las estrellas fugaces en las despejadas noches, o simplemente cuando soñamos despiertos.

¿Y cuándo consigue el jefe de la aldea acabar con el ave mágica del cuento africano? Cuando llama a los niños de la tribu, porque ellos sí que saben distinguir, con claridad, la verdad de lo que ven y lo que oyen, como manifiesta el jefe en el cuento; y porque están en lo que tienen que estar. Es decir, el deseo no está solamente conectado con los recuerdos sino también con lo que está por venir, y al poner la intención en lo que deseamos conectamos con la “Verdadera Voluntad” que escribió Michael Ende a continuación de mi última referencia entrecomillada de su libro. La verdadera voluntad que nos define como seres humanos, y al mismo tiempo individualiza; porque mi Verdadera Voluntad (lo que yo realmente quiero) no es la misma que la tuya, y conectar la intención que YO pongo en lo que YO desde mi corazón deseo, mientras me lo imagino y me sostengo en el sentimiento que me produce, permito que algo se revele para mí, consiguiendo así que mis sueños se hagan realidad. 

Para terminar, en el capítulo de “Doña Aiuola” acontece, además, algo que para mí es muy bello y que uso como guinda de este pastel, y es cuando la Señora Aiuola invita a Bastian, a la Casa del Cambio donde ella vive, con un canto que dice así:


“Gran señor, vuélvete niño!

Te esperamos con cariño.

No te quedes en la puerta:

¡para ti siempre está abierta!

Todo está ya preparado

Desde un remoto pasado”.

                                            La historia interminable, Michael Ende.



“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre”.

Mateo 7:7,8


Que todos vuestros deseos se cumplan en el 2024.

Feliz año,

                 María Reino                                                                    

                                                                                


10/25/2023

Hogar en un tronco caído

 



  

Por fin el duende había encontrado un hogar donde pasar este invierno: en un tronco hueco de un árbol caído que se encontraba en la ladera de una montaña. Un día, cuando iba caminando por el bosque buscando casa, observó una entrada entre dos troncos que yacían juntos, paralelos, en el suelo. Atraído por tal disposición, se acercó y echó un vistazo hacia el interior de uno de ellos que estaba hueco. Dentro de este, el espacio se organizaba de manera diáfana y daba la impresión de ser amplio. Él siempre había huido de los espacios demasiado compartimentados, no le gustaban las estrecheces, quizá por eso, desde que fue joven se lanzó al mundo y vio la Tierra el lugar perfecto en donde siempre hallar un hogar.

El interior de este tronco caído, y hueco, le serviría por el momento, las lluvias otoñales ya habían hecho su presencia y las temperaturas en la noche habían caído varios grados. Pero tras mudarse aquí y pasado un tiempo habitando este interior, sintió de repente un frío inexplicable. Estaba sorprendido porque nunca había sentido nada igual. Aunque bien era cierto que la madera de este tronco no aislaba mucho del exterior, este frío, percibía el duende, se debía a algo más. Sin pensárselo dos veces, una mañana, al despertar, le preguntó al árbol por la sensación de frío en su interior. El árbol, con un tono de haber estado aplastado por algo durante largo tiempo, le contó que él se erguía como sus otros hermanos detrás de él, pero que un día en el que respiraba los vientos de primavera feliz, sin esperárselo, sintió de repente una dentellada fría y ruidosa en sus carnes. Cuando quiso darse cuenta, se vio tumbado en el suelo y amputado. Aquello le heló el alma, y así se quedó desde entonces sin entender el porqué. Le habían dejado tirado y separado de sus raíces, y estas, al no poder seguir enviando los nutrientes de la Madre Tierra a sus ramas y hojas por todo su tronco, comenzaron a no encontrar una razón de ser y terminaron por disolverse en la tierra y desaparecer; al igual que las hojas de su copa. Parte del tronco, además, había quedado desnudo al ir perdiendo la corteza que lo vestía.

El duende, al escuchar su historia, entendió el frío del interior del tronco y empatizó con su nuevo hogar temporal. Pero el duende, aunque fuese un ser perceptivo y empático, era también friolero y gozaba con el calorcito que provee el confort, especialmente cuando se refugiaba en su hogar una vez caída la tarde durante los meses de lluvia y frío.

Así que como al duende se le había echado el tiempo encima, decidió arreglárselas como pudo para pasar en este tronco el tiempo que hay desde el descenso de las temperaturas hasta el mes en el que las flores embellecen los campos, valles y caminos. Para resguardar algo su entrada le pidió a una araña, que un día pasaba por allí, que tejiera unos toldos a modo de vela de sombra que sirvieran de parapeto no solo a indeseados, posibles visitantes, sino también para evitar que el viento y las lluvias entraran a su hogar. La casa no tenía del todo una mala orientación, a sus espaldas tenía todo un muro formado por los hermanos no caídos protegiéndolo; con esta disposición, el duende sintió que mucho del viento y del frío no llegaría a su hogar traspasando la madera del tronco que le daba cobijo. 

Una vez hechos los arreglos necesarios, el duende se adentró en su refugio, miró hacia un lado y otro del diáfano espacio y dispuso su alma para acomodarse en este nuevo lugar. Aunque se empeñó con ahínco en hacerlo confortable, sentía en su corazón una tristeza profunda cada vez que miraba las paredes de su temporal hogar. El duende comenzó a preguntarse cómo serían las siguientes paredes que le darían abrigo y qué otros arreglos tendría que hacer para sentirse mínimamente a gusto. En el fondo de su corazón, el duende anhelaba un hogar estable, empezaba a tener una edad y cada vez le costaban más los cambios de casa; y tener que partir a cuestas, cada primavera, con los pocos bártulos que tenía en busca de un nuevo sitio. Deseaba un hogar que siempre se abriera con las mismas llaves y al que decorar a su gusto.

Los días siguientes, el duende, mientras se afanaba en hogarizar este tronco caído y hueco, anduvo melancólico. Observaba a otros seres parecidos a él que llevaban mucho tiempo asentados en el mismo lugar y sintió querer lo que ellos también tenían. Los gnomos, por ejemplo, una vez llegados a un acuerdo con el espíritu de un árbol, se establecían en su interior para siempre. Había hermanos suyos, otros duendes, que solían encontrar hogar bajo tierra, en las raíces de cualquier árbol o arbusto. Pero a él nunca le había gustado vivir sin luz y, además, necesitaba respirar el aire fresco y calarse hasta los huesos con el contacto directo del agua en su piel cuando llovía, en lugar de sentir la humedad a través de la tierra mojada como hacían los otros duendes; la humedad, él prefería, sentirla en su piel, nutriéndola, a través del aire. Le gustaba también tomar el sol y dejarse bañar por los rayos de la luna en las noches en las que contemplaba las estrellas, y esto bajo tierra no era posible. Él no era un duende como los demás, y por ello siempre había pagado un alto precio; es lo que tiene ser diferente.

Pero, ¿qué hacer? ¿Dónde podría él encontrar un hogar de esos que, como el amor, son para siempre?

El invierno pronto llegó y la oscuridad se hizo en el bosque. El duende salía a las horas más cálidas del día para tomar los pocos rayos solares que había. Pero un mediodía soleado y de cielo azul despejado, mientras paseaba por un claro del bosque, observó un árbol con el color de madera más bonito que jamás había visto. Solo con contemplarlo podías sentir su textura, y los tonos marrones que vestían el tronco exudaban una nobleza de la que el duende inmediatamente se enamoró. Se acercó despacio hacia él, en silencio, como cuando llegas a un lugar sagrado, miró hacia arriba y divisó toda una serie de ramas bien proporcionadas y ordenadas, las cuales daban cobijo a una pareja de ardillas y a un nido de búhos reales. El duende sintió que había llegado a su anhelada casa. Hizo una última comprobación, bajó a las raíces y con alegría atestiguó que estas estaban sanas y canalizaban bien los nutrientes para llevar la abundancia de la Madre Tierra al resto del árbol y hacerlo crecer prósperamente. El duende estaba tan entusiasmado… después de tanto tiempo siendo un peregrino en este mundo, ¡por fin había encontrado un lugar en el que permanecer! Pidió, eso sí, permiso al ser de aquel árbol antes de entrar y este le contestó que estaba encantado de servir de hogar a un duende con tanta experiencia en diferentes casas, y que nunca había tenido como morador a un ser como él. El árbol también estaba muy feliz.

El corazón del duende estalló de alegría y sintió por fin una tranquilidad que hizo que su mente se relajara y anduviera a partir de ahora, por la vida, totalmente despreocupado.

Aquel árbol era maravilloso, las vistas desde sus ramas espectaculares y los seres con los que cohabitaba, los mejores compañeros de día y de noche.

Y allí se quedó este duende hasta el final de sus días, tranquilo y feliz de ver amanecer y atardecer siempre desde el mismo lugar, abriendo y cerrando siempre la puerta de su hogar con las mismas llaves y acomodando su interior según su particular ideal de belleza.



María Reino









Fotografías tomadas en la Sierra de Guadarrama, Madrid.


9/27/2023

Las patitas de la hormiguita



           Todas las mañanas, la señora gnoma salía a la entrada de su casa para ver quién necesitaba de su ayuda. Siempre había alguien que desfilaba por delante de su puerta pidiendo auxilio para paliar su dolor o encontrar remedio a su malestar. Vivir en el bosque a veces provocaba magulladuras y heridas si no prestabas la debida atención al caminar. La señora gnoma no tenía que hacer nada más que apostarse en el umbral de su casa y esperar a quien mirase hacia su puerta. Todos en el bosque sabían de sus remedios a base de ungüentos, pomadas, hierbas e incluso canciones.

La señora gnoma vivía en el interior del tronco de un árbol que había sido talado hacía mucho tiempo. La entrada a su casa tenía unas cortinas del verde musgo que colgaban de un dintel recto tallado en la madera del antiguo árbol. Todo el bosque sabía dónde estaba su casa, subiendo la cuesta de un antiguo camino por el que antiguamente gigantes viajaban de un lugar para otro, y en el cual ya solo quedaban restos de piedras de la antigua calzada.

Un día, una fresca mañana de finales del verano, uno de esos días en los que repentinamente se nos susurra en la piel que la época estival está llegando a su fin, una hormiga caminaba por delante de la casa de la señora gnoma quejándose de sus patitas. Había estado trabajando duro durante el verano, tanto que sus finitas patitas se habían resentido seriamente por transportar hasta cincuenta veces su peso. El calor y la sequía del verano habían empeorado las condiciones de trabajo de las hormigas en general y esta hormiguita sentía que con sus extremidades ya no podía caminar más. Cada paso que daba se convertía en un suplicio, incluso alguna vez le había brotado alguna pequeña y espontánea lágrima del dolor que sentía. 

Pero, a ver, qué iba a hacer, era una hormiga obrera y ya se sabe que esta clase de hormigas deben trabajar hasta la extenuación. Tumbarse a descansar durante el verano no es una opción para ellas. Durante esta estación, las hormigas obreras deben buscar todo el alimento posible por el bosque para llevarlo al hormiguero con el fin de almacenarlo y tener provisiones para el largo y duro invierno. Su trabajo del día no se quedaba aquí, al final de cada jornada, tras un sofocante día de calor y trabajo, las hormigas tenían que organizar el almacén, limpiar y recoger el resto del hormiguero. El orden es de suma importancia, si no ¡imaginaos con toda la comida que entra en un hormiguero! 

Cuando las hormigas, por fin, se iban a la cama, estaban tan muertas de cansancio que antes de que sus cabecitas tocasen la almohada, estas ya se habían quedado dormidas; debían aprovechar el poco tiempo de sueño que tenían, solo podían dormir cuatro horas cada noche. Había que sacar el máximo rendimiento de todas las horas de luz del verano para trabajar, claro está.

Pero esta agotada hormiguita que se había presentado ante la señora gnoma sentía sus patitas destrozadas, hechas jirones, ya no solo por el esfuerzo físico, sino también por la monotonía con la que vivía el día a día. No podía más, y esto era un gran problema. Durante los meses de verano, a las hormigas trabajadoras no se las permitía sentarse o tumbarse durante las horas de sol, no podían echarse una siestecita, tampoco podían sentarse ni siquiera para comer, tenían incluso que ir masticando mientras caminaban por el bosque en busca de la comida con la que debían aportar al gran almacén del hormiguero. Había que trabajar, trabajar y más trabajar. Estaba muy mal visto parar, te podrían considerar una holgazana, y echarse este sambenito encima era después harto complicado quitárselo de encima, por no decir imposible. Además, había otras compañeras, las hormigas soldado, que se aseguraban de que ninguna hormiga se quedara por ahí en el bosque remoloneando. Las hormigas obreras son trabajólicas; tampoco tienen otra opción, siempre están en movimiento, de un lado para otro a lo largo y ancho del bosque en busca de alimento.

Pero esta hormiguita no podía caminar más, ¡estaba exhausta! Y también estaba muy preocupada porque si paraba ¿cómo la tratarían sus compañeras?, ¿la expulsarían si no aportaba más comida al hormiguero?, ¿la declararían inútil? ¿Habría alguna pequeña y excepcional posibilidad de quedarse unos días dentro del hormiguero a descansar en su camita mientras otras continuaban trabajando? Nuestra hormiguita tenía tal dilema, tal desazón por este discurso interior suyo que pronto sintió que su valor se diluía por sus machacadas patitas.

La señora gnoma, al ver sus extremidades, no necesitó preguntar más. 

—Ven, entra, querida, que pondré uno de mis ungüentos en tus pobres y doloridas patitas después de bañarlas. Pasa, amiga, te ayudaré con el dolor —le dijo muy amablemente la señora gnoma.

Cogió algo del musgo encaramado a la fachada de su casa y se lo puso como suela en cada una de sus patas, amarrándoselo con unas hebras que se arrancó de sus cabellos y que colocó como si fueran las tiras de unas sandalias. 

—Con esto seguro que sentirás bastante alivio al pisar. 

La hormiguita, la pobrecita, se dejó cuidar, se encomendó a esta sabia curandera del bosque, una gnoma que, aunque tenía la apariencia de una mujer madura de unos cincuenta años, en realidad, según se contaba en el bosque, había convivido con unos gigantes que existieron en la Era Antigua. Nadie sabía la edad exacta, pero se calculaba que podía tener más de quinientos años, quizá más. Siempre había vivido en este bosque y se lo conocía al dedillo, ningún rincón era desconocido para ella y todos los linajes le eran familiares. Tenía un semblante muy afable y cuando te acercabas a ella, su olor corporal desprendía una refrescante fragancia a flores de jaboncito artesanal, de estos que antiguamente usaban las abuelitas. Tenía, además, la melena corta, sin llegar a rozar los hombros, medio canosa y abundante, sus cabellos eran suaves y a la vez fuertes, su piel era rosada y cuando se ruborizaba, sus mejillas y su barbilla se encendían y mutaban al color de las bayas rojas silvestres. Sus ojos eran grises claros con el brillo de las estrellas en invierno, y al mirarlos, podías ver tanto la historia de todo el bosque como todas las lecciones aprendidas de todos los seres que habían habitado allí desde el comienzo de los tiempos. Podía resultar intimidante quedarse mirando a los ojos de esta sabia dama del bosque. Era una mujer que, sin estar delgada, tampoco se podría decir que fuera gruesa, y para ser gnoma no era bajita. 

Una vez dentro de su hogar, y en sus manos, la hormiguita fue invitada a sentarse en una muy cómoda butaca mientras la señora gnoma preparaba un agua en el fuego con el que bañaría sus patitas. Su hogar era no muy grande pero sí espacioso, y la madera de suelos y paredes aportaba una calidez y una envoltura que ya solo por estar dentro, una podía sentir una calma y una seguridad de que, pasara lo que pasase, todo iría bien.

Estando ya sentada en la butaca, la hormiguita cayó en la tentación de echarse una cabezadita, sus ojillos se entornaron involuntariamente. De fondo, oía a la señora gnoma tararear una bella melodía mientras echaba una serie de hierbas al agua que calentaba y removía, parecía que las hablase a través de su melodioso tarareo. Contemplando a la señora gnoma en este cálido ambiente, la hormiguita entró en un estado soñoliento en el que todas las preocupaciones de la cabeza en las que últimamente andaba desaparecieron. La melodía de la señora gnoma era muy placentera y sumió aún más a la hormiguita en un relax en el que le era imposible mover cualquier extremidad o incluso articular cualquier palabra. El asiento de la butaca era mullidito y aportaba un calorcito templado y constante. La señora gnoma la había fabricado ella misma tomando los restos de la lana de unas ovejas a las que habían esquilado a finales de la anterior primavera y que encontró tirados en la orilla del río. Mientras la hormiguita disfrutaba de su estado de descanso, observaba por sus entreabiertos ojillos a la gnoma echar también una especie de sales en aquel caldero. Ya casi estaba listo.

Al rato, la señora gnoma colocó un barreño a los pies de la butaca en donde vertió el agua hirviendo con la mezcla de todo lo que había cocido.

—Aún no metas las patitas —le advirtió la señora gnoma—. Podrías escaldarte. Lo que sí puedes hacer mientras el agua se templa es respirar el vaho. Te calmará la mente primero. Puedo percibir que tienes la cabeza tan recalentada como tus patitas —continuó diciendo la señora gnoma.

La hormiguita al escuchar la palabra escaldarse pensó: «mmm, interesante palabra». Abrasadas, así es como se sentían sus patitas tras el largo verano.

Cuando el agua ya estuvo lista, ideal de temperatura, un poquito caliente, la hormiguita, con la ayuda de la señora gnoma se incorporó y se metió en aquella tina ovalada de plata. Al introducir sus seis patitas, y tras deshacerse del vendaje de musgo, una sensación de gran alivio recorrió todo su cuerpo, tanto que las antenas de su cabecita, que le servían para orientarse por la vida y siempre mantenerse en el camino, recobraron la vitalidad que tenían en primavera y se enderezaron como si una energía vital las recorriera.

La señora gnoma al verlo, sonrió y dijo:

—No es nada grave, lo de siempre, os pasa a muchas, pero debes tener cuidado, amiga, y no extenuarte o las consecuencias podrían ser graves la próxima vez, especialmente cuando han pasado varios veranos y estos van siendo cada vez más calurosos. Si quieres disfrutar de tu comida cuando llegue el invierno, debes tomártelo con más tranquilidad, de lo contrario podrías no llegar a contarlo.

Tras el baño de sus patitas, la señora gnoma, con sus finas manos, secó sus pies con una suave toalla color vainilla y le cortó las uñas. En una de sus patitas se le había hecho un uñero, y tras curarlo, le masajeó sus tarsos, tibias y espolones con un ungüento que ella misma había preparado, por supuesto, a base de manzanilla y caléndula. Con aquel masaje, la hormiguita sintió cómo la sangre le circulaba de nuevo por sus patitas. ¡Qué gran alivio! Era como si respirase de nuevo un aire limpio. La hormiguita, ahora sí, en muchísima mejor condición física, pudo ponerse de pie ella misma y dándole las gracias a la señora gnoma desde el corazón, sin necesidad de articular palabra, se marchó rumbo a su hormiguero. 

Una vez fuera, se dio cuenta de que el día estaba llegando a su fin, ya no se veían los colores anaranjados y rojizos del crepúsculo veraniego, en su lugar, había comenzado a lloviznar y a calar todo el bosque con la humedad otoñal, esta que tanto refresca nuestro interior tras los calores del verano. Las lluvias de otoño llegaban y con las aguas el ritmo de trabajo iba aminorando poco a poco, día a día. La hormiga sintió las primeras gotas del otoño como un bálsamo para su alma. Esa noche por suerte podría contar con una hora más de sueño. Los días comenzaban a ser más cortos y las noches más largas.



Feliz tiempo de equinoccio otoñal,

María Reino


Fotografía del tronco talado de portada: María Reino

9/16/2023

Panes sin sal




    Hace mucho tiempo existió un país en el que la sal dejó de formar parte del pan. Todo empezó cuando un buen día se corrió la voz de que la sal en el pan no era nada buena para la salud de las personas. No solo se apuntó a los efectos secundarios del consumo de la sal en pan, sino a los estragos que podía llegar a causar en el sistema sanitario de aquel país, la verdadera joya de la corona según su primer ministro. 

Pronto se hizo hincapié en el desuso de la sal en el pan denostando su consumo a través de los medios de comunicación, redes sociales y publicaciones con nombres científicos sonantes que vinieron a avalar “lo cierto” de estas aseveraciones hechas por el mismísimo ministro de sanidad. También se contrataron a personas anónimas para que predicaran en las comunidades de vecinos, terrazas de bar, parques y reuniones familiares rumores sobre otras consecuencias que el consumo de la sal en el pan podía llegar a causar, ya que por supuesto conocían a Fulano, Mengano o Futano y lo enfermo que se había puesto por tomar pan con sal, llegando incluso a estar hospitalizado varias semanas bajo un severo programa de desintoxicación. Estas historias de veras daban mucho juego, era sabroso material para difundir a través de whatsapps, mensajes y conversaciones de teléfono y portal.

Al principio la sociedad, sorprendida, se vio ante una avalancha de no saber qué hacer, porque por un lado era gente panera, es decir, no solo su dieta se basaba en pan, sino que además le encantaba, no solo por su gusto en las papilas gustativas, sino porque además, ya lo habían tomado sus padres, sus abuelos y todos sus ancestros. Esta situación les pilló a todos desprevenidos, y aunque reacios por prescindir de este ingrediente tan básico en su alimentación, porque qué es un pan sin sal, había mucha desconfianza sobre todo lo que se estaba diciendo y especulando con la sal en el pan. 

Las reacciones fueron de lo más variopintas. Hubo gente que vio verdaderos planes conspiranoicos detrás y otros, que por su cuenta enseguida renunciaron a este ingrediente, hasta ahora básico, del pan. Estos voluntarios fueron el desencadenante del siguiente paso. Después de estar un mes comiendo pan sin sal, dichos atrevidos se mostraron felices como perdices ante las cámaras de televisión y demás canales de Internet alegando que notaban cierta ligereza al haber mejorado su sistema circulatorio; su salud definitivamente había mejorado por no comer pan con sal. Sus testimonios no hicieron otra cosa que refrendar todas las publicaciones de sonantes y rimbombantes estudios científicos hechos en el extranjero por tal y cual laboratorio, y además fueron usados también como argumentos en los medios de comunicación que sonaban al unísono en todas las cadenas y medios informativos de, como coloquialmente se conoce, la caja tonta.

La gente, todavía incrédula, seguía comprando su pan como siempre, con sal, hasta que una mañana, cuando despertaron, las noticias arrancaron anunciando la muerte de un anciano que llevaba toda su vida consumiendo pan con sal. A partir de entonces, todos los días, las noticias se colmaban de gente que había muerto por el mismo motivo creando una alarma social que llevó al primer ministro a tomar medidas en el consumo. La gente sintió miedo y comenzó a comprar pan bajo en sal, por si acaso.

Los panaderos, ante esta situación alarmante en escalada, pegaron carteles en los escaparates de sus panaderías anunciando las ventas de sus panes bajos en sal, alguno sin sal y otros con ingredientes sustitutivos hasta ahora nada conocidos que prometían ser la panacea. Algunos llevaban chía, otros sésamo, otros semillas de calabaza, todo lo que fuese para hacer atractivo el pan y camuflar la falta del ingrediente básico: la sal; porque ¿qué es un pan sin sal?

Las noticias, los rumores, las publicaciones, las imágenes tremebundas sobre las "consecuencias" de la sal en el pan abrumaron a la sociedad de aquel país hasta tal punto que el primer ministro no tuvo más remedio que prohibir Dios mediante Real Decreto el consumo de la sal en el pan, ampliando estas restricciones, por supuesto, a la venta de la sal.

La gente de este país, estupefacta, acató sin más estas nuevas restricciones; al fin y al cabo era por su bien. No se ofreció otra alternativa y además, las penalizaciones por el uso de la sal llegaron a ser costosas, de miles de euros e incluso de penas de cárcel. Por todos lados, había policía asegurándose de que la población acataba las nuevas directrices en sus compras. Hubo algunos habitantes que vieron estas medidas ilógicas, absurdas además de servir de mecanismo para infundir miedo a la gente de aquel país. Este grupo fue calificado de rebelde, insurrecto y poco a poco fue, no solo apuntado con el dedo en sus respectivos vecindarios, lugares de trabajo e incluso núcleos familiares sino que paulatinamente fueron aislados bajo el cartel de los raros, los que no querían ver y no se atenían a la lógica, la razón: “la evidencia científica”; cuando en realidad estos cuantos solo intentaban dilucidar el uso de la sal de forma responsable sin paranoias. Pero esto no interesó en absoluto, no convenía, lo fácil fue la prohibición y señalar con el dedo acusador. Y fue así como estos pasaron a ser los negacionistas, los apestados, los bebelejías al uso, los apartados de la sociedad… viéndose obligados a replegarse a los bosques de las montañas donde realmente se sintieron refugiados.

El resto, la gran mayoría, consumió el pan sin sal, y aunque era obvio que este hecho apenó a la gente en mayor o menor grado porque les dejaba el estómago con una sensación así, como sin gracia, lo cierto es que estas personas fueron progresivamente sintiendo una tristeza y un vacío en su interior difícil de explicar. Los panaderos, consumidores también del pan, se percataron de este vacío al consumir durante un prolongado tiempo el pan sin sal, y emprendieron la creación de panes de todas las formas posibles, e imposibles también, usando diferentes harinas, decorándolos con diferentes y diversas semillas. Una loca carrera en la venta de estos panes que provocó, claro está, la subida del precio de algo tan básico: el pan. Triste, pero la creatividad quedó supeditada a enmascarar la carencia de su ingrediente principal: la sal. Incluso las bolsas de las panaderías se vendieron transparentes, para así desviar el vacío sintiente hacia un transitorio orgullo del consumidor por el pan comprado. Ingredientes que hacía tiempo habían caído en desuso hacía una o quizá dos generaciones se volvieron a utilizar. Regresó algo que llamaron y se parecía a la masa madre, e incluso apareció también algo que denominaron masa padre, y en la prensa aparecieron artículos que avalaban el uso de este tipo de masas en el consumo del pan, haciéndolo aún más auténtico. Como por arte de magia aparecieron bloggers, gente corriente que con su particular conexión a Internet escribía sobre los saludables beneficios de estas masas madres y padres aportando toda clase de información hasta ahora desconocida. El precio evidentemente de estos panes fue ascendiendo, a ver qué nos vamos a creer... La gente no entendía nada pero se fue dejando llevar como ola que se mueve en el vasto mar. 

Estos sofisticados panes carentes del ingrediente principal, que viajaban por las calles de la mano de sus consumidores en sus indiscretas bolsas de compras, pronto repercutieron en el alquiler de las panaderías pues todo panadero que se preciase y con un mínimo de saber hacer quería tener su negocio presente en los sitios más concurridos de la ciudades y demás municipios, alterando así el precio del arrendamiento de los locales de alrededor, lo que incrementó, a su vez, de nuevo, el precio de los panes sin sal. Hubo gente que ya no pudo permitirse estas clases de nuevas variedades de pan, y este pasó a ser un lujo para quien lo pudiese pagar. Los menos agraciados de bolsillo tuvieron que contentarse con un pan deformado sin sal que se vendía en las tiendas corrientes de los suburbios.

Otros avispados, ante tal interés y especulación ofertaron clases de cómo hacer pan en tu propia casa y a vender máquinas para el hogar con el fin de que uno pudiese fabricar su propio pan, claro está sin sal, como un foodie en condiciones. Todo esto contribuyó aún más a alimentar esta vorágine, la gente que no tenía recursos económicos suficientes, esos con la cartera desavenida, tuvieron que irse, aún más lejos, a buscarse su propio pan. Otros tristemente sacrificaron el consumo del pan con tal de seguir viviendo en sus hogares de siempre.

Pero el gobierno, de este no, de aquel país, atendiendo exclusivamente a las nuevas posibilidades de esta nueva era del pan, estableció la forma de intercambiar nuestros panes con los de otros países bajo el pretexto de una cooperación y entendimiento entre naciones, una interesada hermandad bajo la que comercializar panes sin sal. Pronto llegaron panes de diversas partes del mundo y, para abaratar costes y con la excusa de hacerlo “asequible” al bolsillo de los viandantes, se establecieron políticas de recortes en las fábricas de pan que adulteraron no solo la materia prima sino los sueldos de las personas trabajadoras, haciendo que éstas terminasen currando por un chusco de pan. Y esto no tiene ni pizca de gracia.


María Reino






El narcisismo por casi acaba con Blancanieves

Después de las mimosas en enero, las flores de almendro en febrero, ahora, en marzo, llegan los narcisos. Hoy en día, siento que se habla...