12/30/2025

Sagrada Unión

 


Camino por un umbrío bosque en invierno. Los rayos del sol han templado este hábitat durante todo el día. La tarde está cayendo y, en su aquietado silencio, escucho un rumor constante, un suave borboteo. Deseo conocer el origen de este murmullo acuoso, así que continúo caminando hasta que, por fin, llego a la orilla de un lago del tamaño de un estanque, donde mi anhelo se sacia por completo. 

Miro a mi alrededor y recuerdo que ya estuve aquí hace tiempo, y que en este lugar mora un hada. En medio del lago hay una fuente, donde nace el continuo rumor. Observo el maná de agua y comprendo que no es un artificio: es la misma hada del lago quien mana, pues ella es un ser de agua. Absorta en la contemplación, mi mirada llega a encontrarse con la suya. Tiene los ojos de un violeta intenso. Bajo mi mirada en señal de respeto: es lo adecuado. Aunque también está bien, al mirarla a los ojos, pedir un deseo. Y eso hago.

Sigo admirando su belleza, casi incrédula por poder presenciar la magia de un hada haciéndose agua. En ese maná su silueta se adivina, fluyendo en cada borboteo, en el interior de la fuente, y percibo que algo está a punto de acontecer. Alzo la vista y observo cómo el surtidor asciende, afinando sus partículas acuosas hasta casi evanescerse y, justo antes de desaparecer, sorprendida veo a un silfo descender para encontrarse con el hada. Con ella, desea unión.

La abraza, la toma y asciende de nuevo con ella entre sus brazos. Y así comienzan a volar: él, recostado suavemente sobre ella, sosteniéndola en su forma evanescente. Con su unión y su vuelo humedecen los distintos aires del mundo y, según cómo él la abrace, el hada dejará nieve, lluvia, granizo, bruma… sobre la tierra. Y cuando ella se sienta muy densa, él sabe que debe soltarla para que ella caiga y pueda regresar a tierra. Es entonces cuando ella muta en charco, y el silfo permanece a su alrededor como un remolino constante, girando sobre ella, admirando la belleza de la condición cambiante de su amada. Y cuando ella vuelve a  borbotear, el silfo de nuevo la toma y con ella asciende a los cielos. 

Su pasión es tal que, al viajar juntos, desestabilizan el vuelo de las aves al rozar las plumas de sus alas. Así continúan su travesía, urbi et orbi, recorriendo diferentes paisajes y tierras, entregando, según el silfo abrace a su hada, nieve, lluvia, granizo, bruma… a la tierra y a sus habitantes, hasta que deciden regresar al hogar de ella: el lago del bosque.

Y hasta aquí llega, por hoy, esta historia. Hay quien cuenta que el clima nació así, de la sagrada unión de este silfo con esta hada.

Os deseo un feliz 2026,

María Reino


La imagen está tomada del cuadro Herminia y Lisandro, del pintor británico John Simmons. Simmons, activo durante la época victoriana, se especializó en temas feéricos y llegó a ilustrar numerosas obras de Shakespeare.




12/15/2025

Tápala

 



«Veinticinco de diciembre, fum, fum, fum. Veinticinco de diciembre, fum, fum, fum», sonaba en la radio de camino al colegio. Medio dormidos, y desde la parte trasera, los niños miraban por la ventana el ajetreo de los coches por todas partes y las masas de gente, muy abrigada, recorriendo las aceras y cruzando a prisa los pasos de cebra. Vivían en una ciudad de calles estrechas para tanto ruido, donde los semáforos no se ponían de acuerdo y la prisa era el aire que todos respiraban.


Desde hacía una semana, Fernando se encargaba del cuidado completo de los niños. Su mujer, Adela, estaba ingresada por un ictus que le había dejado media cara paralizada. Aún andaban haciéndole pruebas. No esperaba tenerla de vuelta en casa para las Navidades, por lo que le habían informado los médicos. Faltando ella, sus vidas se habían complicado repentinamente. No tenían familia cerca. La abuela llegaría en un par de días, justo cuando daban las vacaciones a los niños. Fernando había pedido una baja laboral y evaluaba si solicitar una excedencia. 


«Fum, fum, fum. Veinticinco de diciembre…» tatareaba apático el pegadizo soniquete Fernando, visiblemente cansado, mientras estacionaba en el parking del hospital. En el vestíbulo, nada más entrar, se fijó en el arbolito navideño, adornado con bolas verdes, dos raquíticos espumillones de color rojo y unas lucecitas de un pálido amarillo. Lo miró ido camino del ascensor. Se vio en el espejo mientras subía planta a planta hasta la sexta. El olor acre de la lejía saturaba el ascensor. Su cara, demacrada, le devolvía una imagen descuidada: un rastro de barba, los ojos ensombrecidos de no dormir bien, la ropa arrugada y mal conjuntada, su pelo, entrecano, medio peinado, y el rictus apagado.


Adela estaba medio postrada en la cama, con la bandeja del desayuno sobre un simple carrito camarera con ruedas. Sus ojos brillantes se cruzaron con los de él cuando entró a la habitación, y enseguida él desvió su mirada hacia la taza del desayuno. Se acercó.


—Veo que ya te han quitado la sonda. 


Retiró el carrito, la besó en la frente cerrando los ojos y, después, sacó de la bolsa de plástico opaca que había traído una caja de galletas de jengibre. La caja, metálica y redonda, era roja navideña y, en la tapa, tenía un Papá Noel subido a una escalera tratando de coronar un árbol verde decorado con algo de nieve, cuatro figuritas colgando y dos cintas gris plata, con una estrella amarilla. Una enfermera entró; se intercambiaron los buenos días. Fernando abrió la caja y la puso sobre la mesilla alta al lado de la cama.


—Sabe usted que no puede comer galletas, ¿verdad? —le dijo la enfermera en un tono de reprimenda.


—Sí, lo sé. Y también que aún no puede masticar —respondió Fernando, como ofendido—. Las traigo por el olor. A ella le huelen a Navidad. Las solemos hornear en casa por estas fechas, con los niños.


—Puede que la Navidad, a partir de ahora, le huela distinto.


La respuesta fue demoledora para Fernando, que respiró con algo de sentimiento de derrota. Se sentó en la butaca, que estaba al otro lado de la cama, junto a la ventana y, desde ahí, escaneó las paredes blancas, silenciosas, solitarias, y preguntó:


—¿Ha dicho algo, ha preguntado por alguien? 


La enfermera negó con la cabeza, mirándole con unos ojos como si desaprobasen la pregunta, mientras colocaba una nueva bolsa de suero. Fernando se echó hacia atrás lentamente, apoyando su espalda, casi vértebra a vértebra, en la butaca de piel sintética de un color verdusco. Cruzó las piernas y se agarró a la bolsa, llevándola hacia su abultado abdomen. Aún había algo más dentro, con otro aroma distinto, pero no lo sacó. Apretó el puño  en torno a las asas, como estrangulando la bolsa, y puso su otra mano encima, cubriéndola, cuando vio que la enfermera intentaba averiguar el contenido del interior desde el otro lado de la cama. 


La enfermera salió y Fernando tomó una larga y honda inhalación, seguida de una fuerte y más breve exhalación. Fue lo único que se oyó durante un prolongado rato. Adela no dormía; lo decían sus ojos, vidriosos, con lágrimas que parecían no haber caído. Ambos estaban en este instante, compartiendo, entre cuatro paredes, un espacio en el que respiraban un silencio punzante, que se tambaleaba por el olor tostado, picante y dulce que emanaba de la caja de galletas. Al rato, Fernando se levantó, asiendo la bolsa firmemente, como si agarrara la mano de un niño. La bolsa, gruesa, con sus pliegues, transmitía un aspecto seco, yermo. La mano le sudaba. Había decidido no sacar lo otro que había traído. Caminó meditativo hacia la ventana, que daba a un patio interior amplio, con mucha luz, y contra los cristales pronunció:


—Te echan mucho de menos. Preguntan cuándo volverás a casa. 


Esperó durante varios segundos, casi un minuto, que se hizo eterno. Esperó un gemido, una palabra, un intento de frase, ¡algo! Pero solo hubo la absoluta nada, como el vacío inerte, sin eco, que se había instaurado entre ambos desde hacía tiempo, y lentamente.


Al poco rato se fue callado, cabizbajo, dejándola entre las paredes desnudas, junto al cálido olor que desprendían las galletas desde su caja. Atrás quedó ella, toda una mujer, con sus deseos propios y su voluntad soberana. Y, hasta ahora, vital y sana.


La noche discurrió larga para Fernando. 


Regresó al día siguiente con la misma bolsa, esta vez abierta. A primera vista, se entreveían unas hojas tamaño A4. 


—¿Más galletas con olor a Navidad? —preguntó incisiva la misma enfermera del día anterior que estaba tomando la temperatura a Adela según le vio entrar.


—No —respondió Fernando sin más—. La enfermera se le quedó mirando, esperando algún comentario más sobre el resto de lo que llevaba en la bolsa—. ¿Ha dicho algo, ha preguntado por alguien?


La enfermera negó con la cabeza, mientras ahora limpiaba las secreciones del ojo de Adela, que no podía cerrar, con una gasa estéril y le aplicaba un colirio. Fernando se dirigió a la ventana y ahí permaneció hasta que la enfermera se fue. Después, cuando se acercó a Adela, posó sus labios sobre su frente, y, después, al oído, le susurró:


—He traído unas fotos de nuestros hijos, y más galletas. Los niños preguntan mucho por ti. Te echan mucho de menos.


Adela reaccionó con un movimiento leve, como si recolocara su cuerpo ligeramente sobre la cama para cambiar algo de su postura. Ladeó despacio la cabeza hacia la mesilla alta, donde estaba la caja de galletas, y con dificultad vocalizó:


—Tápala.


Después, volvió a su posición original, mirando al frente. Y así permaneció. Aún no podía cerrar uno de sus ojos por sí misma.


Fernando no se dio por vencido. Decidido, sacó un rollo de celo que había traído en la bolsa y lo empezó a usar para empapelar parte de la pared que había frente a los ojos de Adela con las fotos de sus hijos, junto a un dibujo de colores vivos de ellos haciendo galletas y un «Te queremos mucho, mamá. Regresa pronto a casa».



Deseo que el espíritu del Adviento 

te siga acompañando en estos días,


María Reino


11/26/2025

Mamá Pata



La señora Pata se disponía a pagar su compra del día en el supermercado de su barrio. La cajera, una joven casi treintañera con ademanes aún adolescentes, siempre la miraba como si no quisiera verla, orientando su mirada vaga hacia los artículos de compra que pasaban por la pantalla del escáner de código de barras del TPV. Pasar por caja era complicado: el hueco entre las dos líneas era estrecho y resultaba aún más angosto para la señora Pata. Su contoneante caminar provocaba que sus alas chocaran con las estructuras de pago de gris metalizado. Tampoco era fácil manejarse con el monedero. La señora Pata tenía una torpe psicomotricidad fina en las plumas de sus alas, con las que debía arreglárselas para rebuscar los pequeños y condenados céntimos que solían esconderse en los rincones de su vieja y ajada cartera. Las pobres monedas solían terminar rodando por el suelo una vez conseguían salir de su monedero, haciendo que la cajera tuviera que agacharse y fijar su atención en algo más concreto. Todos los días se repetía la misma historia. Para la cajera, una cruz.

La señora Pata, debido a su peculiaridad zoomórfica, tenía el privilegio de poder estacionar su vehículo en una plaza delimitada por rayas azules sobre la calzada, justo en la desembocadura de la rampa que facilitaba el acceso al supermercado. Su vehículo, ligero y blanco como su plumaje, destacaba entre los demás del barrio. Se asemejaba a un jeep militar tipo Willys: sin puertas ni techo; era impensable para la señora Pata conducir un automóvil hermético. Ella necesitaba un interior con el suficiente espacio para que sus alas cupieran sin problema, alas que durante tantos años dieron cobijo a sus polluelos. Cuando arrancaba el motor y se ponía en marcha, las tres latas que llevaba enganchadas en la parte trasera de su vehículo provocaban un alboroto al ser arrastradas por toda la calzada, atrayendo las miradas malhumoradas de los demás conductores y viandantes. Aunque con el tiempo se habían acostumbrado a ver a un animal conducir su propio medio de transporte, aún no lograban sobrellevar la bronca que esta señora armaba cada vez que ponía una pata en la calle. Y es que, cada día, una vez la señora Pata dejaba la tienda con su compra, la encargada la veía marchar mientras sibilaba con compasión: «Pobre, qué mal lo lleva».

Cuando mamá Pata llegaba a casa, al entrar, como de costumbre, dejaba caer las llaves sobre el recibidor y pregonaba con cierta alegría:
—¡Ya estoy en casa! 

A continuación, se desanudaba del cuello el sombrero de rafia tipo gorro, que mantenía las cuatro plumas de su cabeza en cierto orden en la calle, dejaba la compra en la cocina y se ponía cómoda. Después se colocaba un básico para ella: un mandil a cuadros blancos y rojos que tenía colgado en la pared del pequeño cuarto dentro de la cocina, que hacía de despensa. Acto seguido,  guardaba con esmero las cuatro cosas que había comprado en la nevera. El resto del tiempo lo dedicaba a moverse por la casa como si tuviera una gran tarea del día que llevar a cabo, desplazándose por el largo y estrecho pasillo, migrando de una estancia a otra. Así transcurrían sus días mientras esperaba que, algún día, ellos regresaran.

Al caer la tarde, antes de echar las persianas, descorría los visillos y se abismaba durante un largo rato en el cielo del atardecer, preguntándose cuándo vendrían, entonando un afligido y largo «cua, cua» ante los cristales de la ventana, y dejando, por un breve lapso de tiempo, un poso de vaho sobre aquella transparente superficie. Sola, se iba a acostar. Y así, un día tras otro.

Las noches no eran fáciles. Era común que tuviera pesadillas, casi siempre la misma: una figura masculina sin faz se metía en su cama. Todo empezaba en las horas de mayor quietud. Una negra sombra, más oscura que la noche, se escurría por las rendijas de las persianas, atravesaba las ventanas, tomaba forma masculina y se deslizaba como una maldición entre las sábanas, escrutándola bajo su mandil a cuadros. Mamá Pata no quería, pero le era imposible resistirse. Una fuerza diabólica se apoderaba de ella, sucumbiendo a un gozo que siempre terminaba en un gran graznido, que recorría las entrañas del edificio en mitad del silencio de la noche. Entre jadeos, intentaba zafarse de este malhechor que, noche tras noche, manoseaba todo su cuerpo y se agarraba a sus caderas como si se fuera a acabar el mundo.

Cuando todo terminaba, mamá Pata se levantaba y, sin saber por qué, se dirigía a las habitaciones vacías de sus patitos. A oscuras, sudada y algo desplumada por la actividad en su cama, miraba aquellas otras camas en las que sus polluelos solían descansar. Tras comprobar que todo estaba en orden, o mejor dicho: como siempre, regresaba a su cuarto y volvía a acostarse tras tomar la segunda pastilla para dormir que siempre tenía a mano en su mesilla.

Pero antes de volver a quedarse dormida, una inquietud le incomodaba durante un rato: «Qué vergüenza, qué pensarán los vecinos». Ella no quería dar aquellos alaridos, pero era incapaz de ahogarlos. Sentía una necesidad imperiosa de hacerlos carne, de darlos una voz propia. Sin embargo, no podía evitar cuestionarse. Eso sí: sabía que no estaba loca. Lo que sentía era una soledad muy solitaria y un abandono. «Tener hijos pa’ esto» se decía para sus adentros. Y alguna vez volvió a levantarse para sentarse en un cojín ponehuevos que tenía en su sala de estar, a ver si por casualidad ponía algún otro; pero nada, la edad ya no se lo permitía.

Se levantaba al alba. Ventilaba la casa y arreglaba todas las camas, aunque solo la suya se hubiera deshecho. Luego, desayunaba, y, hacia el mediodía, salía a hacer su compra en su peculiar vehículo. Por supuesto, nunca salía de casa sin su sombrero tipo cofia, anudado con un lazo de raso a su barbilla. 

A menudo se cruzaba con el portero, barriendo la entrada o limpiando los cristales del portal. Solo por cortesía le daba los buenos días y decía cualquier cosa para evitar entrar en conversación, como por ejemplo: «Qué tarde se me está haciendo hoy» o «Adiós, qué prisa llevo». De esta forma, la señora Pata encontraba la manera más fácil de deslizarse entre el ascensor y la calle sin dar pie a recibir el mínimo comentario. Al fin y al cabo, el portero también vivía en su edificio.

Pero a veces la suerte le jugaba una mala pasada, porque se topaba con el cartero. Este era un hombre a punto de jubilarse, muy indiscreto y bastante bocazas. Con eso de que a veces llamaba a su puerta para entregar cierto tipo de correspondencia que requería firma, se creía con el derecho de husmear en su vida, metiendo las narices donde no le llamaban y haciendo preguntas inoportunas. Zafarse de este individuo en el portal no era tarea fácil: obviamente, él tenía razones para poder pararla. Con este personaje, la señora Pata optaba por dedicarle un gesto de indiferencia.

Una vez en la calle, la señora Pata se montaba en su vehículo, lo arrancaba y ponía rumbo al supermercado, arrastrando las latas enganchadas en su parte trasera, provocando un destartalado ruido que rebotaba en las fachadas mientras conducía. Nunca nadie se atrevió a preguntar sobre esas latas: todo el barrio sabía que era un tema tabú.

Una noche, en ese momento en el que mamá Pata tenía su recurrente pesadilla, quiso actuar con una voluntad propia pese al gozoso estremecimiento que sentía. Decidió, en mitad de esta paradójica angustia, interrumpir la pesadilla levantándose de la cama. Soñolienta, y parpando, se dirigió a su cojín ponehuevos. Algo muy fuerte presionaba su vulva por querer salir. Se sentó y comenzó a empujar, y de pronto allí apareció: un tremendo huevo de color negro. Nunca antes había puesto un huevo de semejante color; siempre habían sido blancos, como ella. Pavorosa, observó incrédula cómo el huevo comenzó a craquelarse hasta que finalmente apareció un ser. Fingiendo una emoción maternal, le dio la bienvenida a este mundo, retirando con su pico los restos de cáscara y pasando su lengua por el viscoso plumaje. Aquello, además de sucio y feo, estaba amargo y daba asco. Como no quiso mirarlo más, se levantó, regresó a su cama basculando, dolorida, y dejó aquello sobre el cojín, en medio del silencio y la oscuridad de la noche.

Fueron varias noches consecutivas en las que el extraño alumbramiento se repitió, y también varias mañanas en las que observó que el ser y los restos de cáscara habían desaparecido. Mamá Pata no quiso darle más vueltas; dio por hecho que la figura masculina que abusaba de ella se lo llevaba todo con él. Jamás le preguntó. Mamá Pata nunca quiso saber qué hacía con la amargura que paría en penumbra cada noche.

Lo que sí hizo, una mañana mientras se preparaba el desayuno, fue reparar en el siguiente día que aparecía marcado en el calendario. Aunque en un principio no se acordaba ni de cuándo ni  de por qué había señalado aquel día, tras su dosis de cafeína se espabiló y recordó: era el día en el que, ¡aleluya!, venían a visitarla.

¡No había tiempo que perder!

El esperado día llegó. Sin embargo, por la mañana, mamá Pata se sintió algo desubicada. Durante la noche, tras su pesadilla y la puesta del huevo negro, continuó soñando, esta vez algo nuevo, rarísimo. Soñó que, justo al amanecer, llegaba volando a una casa sin puertas ni ventanas, cruzando un estanque de aguas tranquilas. Creyó recordar que también se había levantado. Aquellos que sí habían salido de un huevo blanco habían llamado a su puerta. Les abrió y se alegró muchísimo de volver a verles. Hacía tanto tiempo… Les abrazó y besó con gran entusiasmo. Ellos le anunciaron que venían para llevarla a aquel lugar al que regresan las patas de su edad, el sitio al que siempre vuelven al final de la temporada.

Una ráfaga de aire entró entonces por la puerta y mamá Pata desplegó sus dos viejas alas blancas. Esta vez, sin necesidad de ponerse su sombrero tipo cofia, soltó la lazada que mantenía atado su mandil a cuadros y se elevó, más ligera que nunca, hacia aquel cálido lugar al que las aves siempre migran.

María Reino


10/10/2025

El árbol, mi hermano

 




Ante mi ventana, suelo alzar la mirada y sentir un contento sosiego en mi pecho cuando contemplo las copas de los árboles en el azul del cielo. En este escrito quiero compartir lo que este cuadro del pintor del romanticismo español, Antonio Muñoz Degrain, me llevó a reflexionar al pararme frente a él.


Esta obra, Paisaje del Pardo tras la niebla (1866), se encuentra en el Museo del Prado y, hasta el próximo mes de enero, forma parte de una exposición temporal sobre este artista valenciano, en la que se exponen unas pocas pinturas más que ocupan una sala pequeña de la pinacoteca madrileña y universal.


El día que vi este paisaje no tenía pensado visitar esta exposición, tan solo quería ir al museo para volver a encontrar un equilibrio en mí tras pasar por una experiencia que me dejó con un destemple interior y un mal sabor de boca. Suelo acudir al arte, a la naturaleza y a la meditación para regresar a mí, a mi calor interno, mi armonía propia, mi hogar, y aquel día, ya que andaba cerca del Paseo del Prado, decidí entrar al museo. Por suerte, para ser domingo, no tuve que hacer mucha cola.


Desde que entré en la sala donde están expuestos los diez cuadros que forman parte de la muestra de la obra de Antonio Muñoz Degrain, me cautivaron el lirismo y lo evocativo de sus pinturas. Al pisar la sala 60 del edificio Villanueva, inesperadamente percibí un aire delicado, de la misma temperatura que mi piel, rozarme y susurrarme: «Ven, entra». Yo no me dejé llevar si no que algo en mí me llevó y yo voluntariamente lo seguí, y al adentrarme y posar mi mirada en lo que en esta estancia había, empecé a sentir los vibrantes tonos de los acordes cromáticos y a imaginar en sus atmósferas.


Frente a este paisaje, me quedé prendada de los tres o cuatro árboles que rigen casi el centro de la composición, especialmente del más alto, imponente, y de su reflejo desdibujado en las aguas quietas. Y me pareció muy curioso observar que tanto el jinete como el caballo dirigieran su mirada con atención hacia un mismo punto de la superficie del río, que coincidía con la imagen borrosa espejada de los árboles, como si hubiera algo; como si algo se hubiera caído al agua, me dio esa sensación. Me acordé entonces de Jaime, el hermano gemelo de Jesús, y pensé en mí también como gemela. Siento, a veces, que me caí de algún lugar. De hecho, nací con un chichón.


Hacía pocos días que había terminado de leer un libro muy interesante y breve sobre el gnosticismo (1) y los evangelios apócrifos (2); unos textos que durante mis años universitarios manejé sin llegar a conocer la dimensión de estas narraciones, y en las que muchos pintores y escultores se han inspirado para representar iconográficamente diferentes temas cristianos a lo largo de la historia del arte de nuestra era. Ya entonces, cuando era una universitaria, la iconografía que se inspiraba en los evangelios apócrifos me parecía mucho más interesante que las narraciones de los evangelios recogidos en la Biblia. Tras leer el libro, bueno y breve, que menciono al principio de este párrafo, entendí el porqué: por qué a mí me llamaban más la atención los temas iconográficos que bebían de las narraciones apócrifas. Y aunque ahora no venga al caso tirar de este hilo, aquella llamada se debía a mi forma de ser y a mi natural inclinación a no caminar por la vía ortodoxa. La vida y ese algo en mí que me invitó a visitar la sala 60 del Museo del Prado siempre me han llevado por caminos menos transitados, solitarios más bien, y peculiares.


«Cuando hagáis del dos uno…entraréis en el Reino», que se reza en el Evangelio de Tomás, es lo que yo vi en este paisaje del pintor valenciano al fijar mi atención en el árbol más alto, el protagonista, el que se yergue imponente con su copa hacia el cielo, el que respira con sus hojas el aire fresco de las eternas montañas del fondo, y el reflejo de la amalgama arbórea en el remanso inmóvil del río. Y es por ello que recordé a Jaime, porque vi que yo, la que planta su pisada sobre el barro de este mundo terrenal, soy un reflejo de un ser mayor, de una conciencia superior, como la del árbol más alto de este cuadro. Y al igual que las estrellas que se espejan en la noche sobre el agua de este río, mi conciencia superior también se espeja en mí, la de carne y hueso, pues en mí gobierna el agua de la vida.


Pero la yo que pisa sobre barro y tiene sed, ¿conoce a la otra Yo? No, pero la intuyo y la voy recordando gracias a ese algo en mí que me susurró en la pinacoteca. Y cada vez que me acerco al ser que, como el árbol, se yergue en mí, me convierto en un reflejo más nítido, aunque también, a veces, espejo algo borroso. Este vaivén lo vivo, en ocasiones, como un baile, y debería vivirlo siempre como un juego según se me aconsejó hace tiempo (3), pero otras veces, cuando me percibo borrosa, sufro y me pregunto si el hecho de que haya más o menos nubes en el cielo, y si estas son blancas, grises o azulonas, tiene algo que ver con la falta de claridad.


No creo ser la única persona que viva falta de claridad en algún momento de la vida, y tampoco me voy a fustigar por sufrir a veces, aunque lleve muchos años de trabajo personal. La vida me suele atravesar, ese algo en mí que me llevó a la sala 60 se abre, una y otra vez y de par en par, a todo; por eso percibo intensamente y siento, con frecuencia, que vivir esta realidad duele.


Pero hay que vivir, como predicaba el Don Manuel de Miguel de Unamuno en su San Manuel Bueno, mártir, aunque a veces la vida se sienta como una obligación y un batallar constante. Hay que tener la voluntad de vivir, de querer vivir, de desear vivir… Aunque desear, ya se sabe, y aún más siendo mujer, sea peligroso. Pero hay que vivir, y algún sentido tendrá que yo en estos tiempos haya encarnado como mujer y me llame María y no Jaime. 


María Zambrano escribió en una de sus obras que vivir es ir naciendo sin cesar. Mi experiencia de vida me lleva a enunciar que con cada dolor he tenido la oportunidad de nacer de nuevo a una Yo más auténtica, como el gran árbol que se yergue grandioso en este escenario terrenal, paisajístico, y que ahora cuelga de la pared de la sala 60 del Museo del Prado. La vida también me ha enseñado que nacer y morir son dos caras de la misma moneda, cuyo valor voy descubriendo a medida que muero en algo y nazco a algo. Renazco sin cesar y, paradójicamente, en este renacer constante voy despertando cada vez más a esta realidad en la que ya he recorrido más de la mitad del camino. Entiendo que la vida, que es un sueño, se despierta en mí.... y yo, de ella. 


Qué distinta lectura sería si Muñoz Degrain, en lugar de reflejar la copa de este gran árbol junto a la masa de verdes hojas de los otros árboles sobre el agua, hubiera estampado su sombra sobre la tierra… ¿Te has fijado alguna vez en tu sombra? ¿Cómo es? Y, ya puestos, ¿podrías imaginarte la sombra del Dios cristiano sobre la tierra que habitamos? Porque si estoy hecha a imagen y semejanza de este Dios, los árboles proyectan sombras sobre la tierra y, como es arriba, es abajo, puedo pensar que aquí, en la tierra, yo convivo también con la sombra de Dios. Tener una conciencia despierta implica también reconocer la sombra del árbol que soy.


Me gusta aprender sobre diferentes enseñanzas espirituales y, hace tiempo, en un libro de enseñanzas sufíes leí que «a la sombra de la cruz, se esconden los peores demonios» (4). Esta imagen me impactó mucho, y no pude negarla; de haberlo hecho, hubiera caído en un autoengaño, pues todo tiene su luz y su oscuridad, y reconocer ambos espectros como presencias es fundamental. Conocer tu luz y tu oscuridad es todo un trabajo de honestidad y humildad para con uno mismo, que se vertirá positivamente en ti y en los demás que te rodean. 


Quizá por esto, en el Padre Nuestro se termine rezando: «Mas líbranos del mal. Amén». Y que así sea: libértame del mal. ¿Quién?: yo, y ese algo en mí que me invitó a visitar la sala 60. Te recomiendo probar a decir «no» a lo que verdaderamente no quieres, ya verás qué liberación. Es lo paradójico de la vida: a muchos se nos ha enseñado que decir «no» es malo y decir «sí» es lo bueno, especialmente si has nacido mujer. Aunque, en verdad, manifestar claramente un no a lo que no queremos no es malo, pues de lo contrario te negarías a ti misma. Decir «no» y negar no son sinónimos; si niegas lo evidente, optas por engañarte, caes en la mentira, eliges vivir en la sombra y entonces los peores demonios se harán contigo.


Como María, manifiesto que ser una misma conlleva vivir con coraje. Es decir «no» a muchas cosas, es mirar de frente al desafío de ser mujer y honrar el ser porfiona, al mismo tiempo que trabajar por aquietar mis aguas para espejar la gran belleza del árbol que soy. Así que gracias a todos aquellos que me habéis forzado a pronunciar «no», porque gracias a este «no» soy más Yo y vivo con amor propio.


María Reino




«¡Hay que vivir!... a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea a perdernos en ellas para quedar en ellas». San Manuel Bueno, mártir, Miguel de Unamuno.




1. Forma espiritual de los siglos I y II d.C. que daba gran valor al conocimiento interior como camino de salvación.

2. Escritos que quedaron fuera del canon del Nuevo Testamento. No todos los evangelios apócrifos son gnósticos

3. Esto se puede leer en el cuento “La pluma de ángel sobre los elegidos” de mi libro: El cocodrilo y el mundo de lo intangible.

4. Fernández Muñoz, Manuel: 99 cuentos y enseñanzas sufíes. 








8/29/2025

Clavelina del pastor

 





Esta es la historia de una joven pastora que había llegado a este mundo con una sensibilidad especial. Nació una noche en la que la luna lucía azul, en el seno de una familia que se comunicaba en un lenguaje plano. Las mujeres de la aldea, desde que la vieron en la cuna, advirtieron que sus pies, manos y piel eran diferentes. La niña, Clavelina, cuando dio sus primeros pasos en este mundo, más que andar, empezó a danzar. Todos percibieron que sus pasos y gestos no eran aprendidos, sino algo que había venido con ella. Ninguno de aquella aldea supo que ese algo era un don, porque ellos hablaban otro idioma muy diferente, que no entendía de dones sino de pan, ovejas y quehaceres.


Clavelina siguió creciendo, y danzando. La miraban aún más raro cuando ella les preguntaba si no oían la música que ella danzaba. Como entonces era niña, unos pensaron que eran cosas de críos, pero otros dijeron, juzgando la tez de Clavelina, algo más morena que la del resto, que quizá  su lenguaje se debiera a los genes de la tatarabuela gitana, que, otra noche de luna azul, llegó a aquellas montañas bailando al ritmo de su pandereta.


Clavelina creció y, aunque la vistieron con el traje de zagala como a las demás y la enseñaron a cuidar de las ovejas, siguió danzando al ritmo de una melodía que solamente ella oía. Desde pronto aprendió a callar y a sentir la música aun más en su interior. Todos los demás la miraban embobados por cómo se movía, aunque se burlaran de ella cuando les compartía su danza del primer aroma de la temprana primavera. 


Cuando alcanzó cierta edad, sus padres la mandaron a pastorear las ovejas, y ella, por fin, pudo andar libre y sola por aquellas montañas. Y comenzó a danzar aún más. A Clavelina le encantaba imitar el gesto de los árboles y bailar el reclamo de las aves posadas sobre las ramas. Danzaba las formas extravagantes de las nubes pasajeras, el despertar de las flores en primavera, los brincos alegres de las ondinas y peces sobre el riachuelo en verano. Valseaba la caída de las hojas en otoño y el olor dulce de las castañas. Cabriolaba con los silfos la ventisca fría del invierno y acompasaba la respiración de la semilla durmiente, acogida bajo el manto de la Madre Tierra durante meses.


Pero un día fatigoso de verano, llegó a aquellas montañas un hombre con señorío a lomos de su caballo. Venía porque quería saber hasta dónde llegaban sus dominios, y al ver desde lo lejos a la zagala danzar entre las ovejas, no dudó en acercarse a ella. Se paró ante la muchacha, la escaneó como un lobo hambriento y deseó poseerla. Sin dilaciones y con voz déspota le preguntó:


—Muchacha, ¿dónde vives?


Clavelina, que nunca le había visto, de manera natural e inocente, le respondió que sus padres le habían enseñado a no hablar con desconocidos. El hombre, de ojos oscuros y penetrantes, continuó hablando a Clavelina, pero entonces ella solo reparó en la sombra que se estiraba tras su caballo, y un escalofrío le recorrió hasta el fondo del alma. Zaherida, Clavelina tornó muda y dejó de escuchar melodías. Sus ojos tristes irritaron a aquel hombre, que sobre su caballo terminó por imponerse, sacando su espada y asestándole un tajo en un muslo.


En shock, de pie y paralizada, se desangraba. Sus ojos se vidriaron, y en la mirada apareció una pregunta: ¿por qué? Él, al ver que no obtenía lo que quería, la remató con un segundo tajo en el otro muslo y abandonó. Abandonó sin más aquella pradera fértil, con su alargada sombra persiguiéndole.


Allí quedó el cuerpo de la muchacha sobre un charco de sangre, con sus ojos clavados en el cielo azul. El Cielo se horrorizó y las nubes blancas que por allí pasaban se juntaron y exprimieron un gran dolor. La tierra se empapó con la sangre roja de Clavelina y las aguas del cielo.

Su familia y demás aldeanos lamentaron su muerte profundamente. Con la ausencia de Clavelina sintieron algo que nunca antes habían sentido en sus vidas: un gran vacío, y fue por este vacío que echaron en falta la belleza que ella aportaba a sus vidas con esa rara sensibilidad que siempre señalaban. Pero Clavelina nunca desapareció; simplemente, y como todo, se transformó: los seres como ella nunca mueren, sino que mutan, porque tienen un don, y por eso el Cielo los ama y la Tierra los acoge. Desde entonces, todas las primaveras y veranos crecen unas bellas flores de color rosa intenso, cuyos pétalos tienen la forma del tutú de una bailarina, ese tutú que a ella siempre le hubiera gustado tener y que se le negó por expresarse en otro idioma.


Y así es como pudieron por siempre recordar a Clavelina y tenerla presente en sus vidas. Y de aquel supuesto señor a caballo, perseguido por su sombra, no se volvió a saber más. Nadie quiso saber nada más, y así bien está. 


Con cariño,


María Reino



Este verano tuve el gozo de pasar, por primera vez, unos días en Somiedo (Asturias), y el lujo de tener como guía a mi amiga Laura, una mujer poderosa y muy generosa que, con un orgullo maternal, me presentó este que ahora es su hogar, y me condujo por aquellas montañas, mostrándome rincones mágicos.

Contemplar las montañas de Somiedo fue una experiencia apabullante, que me dejaba sin habla. Allí, la alianza de lo sublime y lo agreste resultaba natural y profundamente conmovedora.

Hice muchas fotos, entre ellas a la flor Dianthus monspessanus, cuyo nombre evoca lo divino. Se la conoce comúnmente como clavelina del pastor, de montaña o silvestre. Cuando la vi por primera vez, sola entre lo agreste, no pude evitar ruborizarme ante su belleza y valentía de crecer como lo hace. Sus pétalos laciniados, o deshilachados, me recordaron, además, a las bailarinas etéreas de las pinturas de Degas.

Muchas gracias, Laura, por tu hospitalidad y buen guiar. 









Imágenes: 
1. Foto: Clavelina del pastor
2. La estrella, Edgar Degas. c.1876-1877
3. Foto: yo contemplando la grandeza de las montañas de Somiedo. 


Yo, con “Petit Poucet” de Ma Mère l’Oye (Mi madre, la oca) de Ravel, en su comienzo, me imagino el instante en que la luz azul de la luna desciende sobre Clavelina al nacer: suave, capa a capa, portando un misterio invisible. Esa luminiscencia permanece danzando alrededor de su cuna, envolviéndola en lo único y delicado que trae consigo al llegar a este mundo.

    También podéis acompañar este cuento con algunas otras composiciones que os recomiendo:

Prélude à l’après-midi d’un faune – Claude Debussy
Ma Mère l’Oye – Maurice Ravel, especialmente “Pavane de la Belle au bois dormant”, “Petit Poucet” y “Laideronnette, impératrice des Pagodes”

- Ma Mère l’Oye (Mi madre, la oca):
    - Pavane de la Belle au bois dormant (Pavana de la Bella Durmiente)
    - Petit Poucet (Pulgarcito)
    - Laideronnette, impératrice des Pagodes (Niñita fea, Emperatriz de las Pagodas)
Prélude à l’après-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno).


**También podéis escuchar el cuento aquí: Clavelina del pastor



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