1/14/2025

Destinos soñados

 


En aquella tierra ancestral de exóticas especias y espiritualidad, el aire cargado de su historia milenaria se amalgamaba con el humo de los penetrantes inciensos, las calcinaciones nauseabundas y los gases causados por la combustión de la contemporaneidad contaminante. Era diciembre y, pese a todo lo colorido que me rodeaba, no pude evitar sentir una amarga decepción por la incierta tonalidad de un cielo que se adivinaba azul. Tantas veces había soñado con viajar a esta cultura, tantos textos sagrados había aprendido de memoria, y mantras había recitado, que, al llegar y verme rodeada de miseria, de moscas verdes sobre la comida en los puestos y sobre la sonrisa de los niños, no pude evitar sentirme como el gris plomo que mal nutría mis pulmones. La constante neblina de la ciudad no era como la del valle que empapaba vides y ricas huertas en mi tierra; sino una capa lechosa, que asfixiaba e impedía imaginar.


Había una constante espesura que me penetraba por los orificios nasales, dejando un rastro de oscuro sedimento en mis vías respiratorias. La polución de aquel lugar se hacía carne, así me lo mostraba la viscosidad de mis esputos, y, junto a lo que había reprimido, me había provocado una carraspera.


Sentada en el avión de vuelta a casa, intentando aclarar mi voz con un brebaje caliente con sabor a té, fui consciente de que había entrado en aquella ensoñada civilización por la puerta equivocada. Mientras nos alzábamos a los cielos, triste contemplé Nueva Delhi. Mi naif ilusión de occidental había quedado esfumada en aquella capota tóxica y asesina que la cubría.



María Reino


1/05/2025

Volar

 



Observo a los pájaros volar y al humo desprenderse de las chimeneas, y me pregunto cómo saben qué dirección tomar en la vastedad del cielo. Aquí, abajo, en tierra, existen caminos y señales que te van indicando por dónde ir; pero allí arriba, no.


Si fuera pájaro o humo, ¿cómo me sentiría?, ¿cómo me pondría en movimiento?, ¿cómo decidiría hacia dónde dirigirme? Es obvio que hay algo que induce a las aves, y al humo, a desplazarse en un sentido o en otro, a elevarse o descender; y este algo es el aire: invisible, intangible y, a la vez, determinante. Pero si observas bien, sí que hay diferencia entre el movimiento del humo y las aves, a veces. El humo, una vez se escapa por la chimenea, se deja llevar por el aire sin más. Parece liberado. Se deja acariciar y envolver por el aire, entrando en una suave danza con él hasta desaparecer. Humo y aire se enlazan, se emparejan, y así comienzan su relación, haciéndose uno en la infinitud. Es el humo el que se deja llevar por el aire; es la esencia la que, una vez liberada de la materia tras la combustión, asciende y vuela al son de lo intangible: el aire. Y este mismo gesto, a veces, puede observarse también en los pájaros.


Es una delicia ver disfrutar a las aves cuando se dejan llevar por el aire. Solo tienen que desplegar sus alas y dejarse hacer; así de fácil es. Esta imagen puede reflejar la relación entre mi alma y mi espíritu. Mi alma, cuando despliega las alas, anhela dejarse sentir por mi espíritu en un vaivén etéreo, en una danza sublime en la que ambos se hacen uno en lo intangible.


Sin embargo, esta misma ave, cuando se desplaza con un propósito por el aire, no vuela dejándose arrastrar, ni llevar, sino que, aprovechando el elemento por el que se mueve, lo utiliza a su favor para mejor llegar a su destino. Hay una voluntad en el vuelo de esta ave, y no como en el humo, o el pájaro sin rumbo, que se deja llevar por mero placer.


La voluntad. Quizá sea esto. Lo volitivo, lo que realmente quieres de corazón, y, a veces, simplemente dejarte llevar, y otras, saber volar. 


Feliz Noche de Reyes hoy, feliz Epifanía mañana,


María Reino

12/04/2024

La Suma Sacerdotisa

 


La noche había caído y un repentino sopor nubló mi pensamiento. Estaba oscuro y en silencio. Había luna nueva. 


Comencé a avanzar entre la espesura, temiendo adentrarme en un mundo  incierto y fuera de control para la mente. No sabría decir cuánto tiempo estuve así, pero al cabo de un rato, largo o corto, vislumbré una luz al final del sendero. Caminé hacia ella. Era de una vieja cabaña de madera oscura con una chimenea humeante rodeada de cedros y abetos. Fuera, en el porche, una calavera iluminada hacía de farolillo. Alguien debía de habitar aquella morada. Sin dudarlo llamé a la puerta, necesitaba pasar la noche en algún lugar, al calor de un hogar; fuera hacía frío, estaba oscuro y, además, tenía hambre y sed. Una voz femenina, y muy familiar, desde el interior de la cabaña, me dijo:


—Pasa, niña, empuja la puerta. Te estaba esperando.


Entré y vi a una anciana de espaldas. Yo no era ya niña, pero al pasar, y ante su presencia, por alguna extraña razón, así me sentí. Ella estaba ante el fuego de la chimenea, murmurando algo ininteligible ante un caldero de hierro fundido cuyo líquido interior borboteaba. Cuando se giró y me miró no hicieron falta las palabras. Supe de inmediato por qué había llegado hasta aquí. Me acerqué al caldero y con esa sonrisa de quien lo sabe todo de ti me dijo:


—No temas, asómate y dime qué ves en el interior.


Recuerdo la sensación de mi mirada, no era como la que tengo en mi conciencia ordinaria, sino otra: vaga, más relajada, abierta y desenfocada. Miré y una serie de imágenes en la superficie se dibujaron: mi cabeza flotaba en aquel caldo. No sé por qué no me asusté, pero me quedé un buen rato observando mi cabeza cociéndose en aquel líquido, sin tratar de comprender nada. Y así pasó el tiempo. No sé cuánto, si mucho o poco.


Sonó el despertador. 


Abrí los ojos y, en la semioscuridad de la habitación clareada por las tempranas luces del nuevo día, fui despertando. 



María Reino




La carta de la Suma Sacerdotisa es el Arcano Mayor número 2 (de los 22 que son), y la imagen de la cabecera corresponde al Tarot de Rider-Waite. Las imágenes de más abajo de este mismo arcano pertenecen a otras barajas, otras versiones del Tarot: el de Marsella y el egipcio.








8/19/2024

Los amantes pez luna

 

Cuenta la leyenda que, en alguna pequeña isla perdida del océano Pacífico, existieron dos jóvenes enamorados cuya sonrisa aún se puede vislumbrar cuando uno mira las centelleantes estrellas de las despejadas noches de verano. La historia, para algunos, puede que no tuviera un final feliz, pero para otros, el final es, en realidad, el ansiado por todos. 

Había una vez una joven muchacha que cada día esperaba ilusionada a su joven amado en la orilla de la playa, de arena blanca y fina, de la isla en la que vivían y les vio nacer. Ella, morena de tez y de pelo —ondulado y hasta la cintura—, de ojos negros y una sonrisa que iluminaba el día y hacía soñar en la noche, era la mujer más hermosa del lugar; y el palpitar de su pecho latía por un guapo muchacho de su edad: un sencillo pescador de buen corazón que casi todos los días, al alba, se echaba a la mar en su barquita de remos.

Ella, mientras él pescaba, solía esperarlo en la orilla, bailando y cantando al son de las olas junto a las otras mujeres de su misma tribu. Era común que las mujeres de aquellas islas bailaran en la mañana con una danza ancestral, cuyos movimientos de brazos, manos y dedos expresaban con delicadeza femenina y elegancia el saludo al sol y un eterno agradecimiento por la abundancia que la tierra en la que vivían les proveía cada amanecer. Todas juntas danzaban y cantaban con alegría, y flores frescas adornaban sus cabellos sueltos y ondulantes como la mar. Al atardecer, eran los hombres y las mujeres quienes danzaban encendiendo un fuego en la playa, despidiendo así el día y dando gracias, de nuevo, por todo lo recibido. En este paraíso se respiraba amor, felicidad y tranquilidad.

Cuando el muchacho arribaba, ya entrada la mañana, con su pesca, su amada, orgullosa, salía a su encuentro, fundiéndose con él en un abrazo. Después pasaban el resto del día juntos, correteando por la playa, jugando en la orilla con la espuma y las olas, y haciendo todas esas cosas que solamente hacen los enamorados en esa tierna edad.

Pero había una sombra sobre la historia de amor de estos dos jóvenes. El padre de la muchacha no veía con buenos ojos la relación de su hija con este sencillo pescador, pues quería para ella otro joven: un apuesto y engreído muchacho, hijo del jefe de la tribu de la isla más próxima a ellos. A menudo le hablaba a su hija de la conveniencia de su unión con este joven por el bien de ambas comunidades. Ella se negaba a escuchar a su padre, prefería vivir sintiendo el latido de su corazón, y, una noche, tras una fuerte discusión con su padre, la muchacha, incapaz de conciliar el sueño, con la tristeza en sus ojos, se levantó y decidió acompañar y despedir a su amado en la orilla para desearle buena pesca aquel alba. Con un beso se prometieron amor eterno y, con una sonrisa, un hasta luego. Ella permaneció esperando en la orilla de la playa en la que ambos solían pasear su amor y alegría. 

Las horas pasaron, y allí la joven, como siempre, esperó danzando y cantando a la vida. Pero las horas pasaban, y el calor del mediodía empezó a apretar y el joven no llegaba. Llegó la tarde, y allí ella siguió sin cantar ni danzar, mirando con congoja el horizonte, tratando de atisbar la barca de remos que llevase a su amado de vuelta a la orilla, a ella. Al ocaso, la muchacha ya ansiosa empezó a desesperar, temiendo lo peor. Nadie sabía nada y todos miraban con tristeza a aquella bella muchacha.

Cuando cayó la noche, su padre ordenó ir a buscarla para que regresara a casa, y ella no tuvo otra opción que obedecer. Los ojos de la joven ya no destellaban la alegría del amor, y las gentes del lugar trataron de animarla, convenciéndola de que alguna corriente podría haberle desviado hacia otra orilla o quizá hacia la isla vecina. Pero ella, en su corazón, sentía la opresión de la preocupación por su amado, el igual con el que hasta ahora había paseado despreocupada su dicha por la playa de la isla que les vio nacer.

A la tercera noche, cuando la luna lucía en todo su esplendor, mientras todos dormían, la joven decidió salir y tomar otra barca con remos. Se adentró en la mar. La noche estaba tranquila, y la luz de la luna llena le ayudó a seguir el rumbo que ella sabía su amado tomaba cada día antes del amanecer. Remó y remó, y se adentró cada vez más en aquel horizonte que nos acerca a otro mundo y nos separa del nuestro. Allí, sola, ante la inmensidad de lo infinito y con la noche brillando sobre ella, miró a la gran madre, la luna, y le pidió que, por favor, le ayudara a encontrar a su amado para no separarse nunca más de él. Tras varias horas esperando, por fin divisó algo meciéndose a la deriva: era la embarcación de su amado, arrullada por la marea. Aunque estaba muy cansada de haber estado remando durante varias horas, remó con más ahínco hasta que por fin alcanzó la barca para descubrir, tristemente, que su amado no estaba allí. Tan solo estaba su red enganchada a la cornamusa de amarre y enredada con el cabo. Al acercarse aún más, vio que, en el agua, parecía haber atrapado en la red un pez luna. Al inclinarse para liberarlo, la joven cayó al agua. El silencio se hizo en la mar. Tan solo quedaron las barcas de ambos enamorados meciéndose al unísono, acogidas en un gran círculo de plata.

Nadie volvió a saber de aquella muchacha tampoco. Pero cuenta la leyenda de aquellas islas que, por estas fechas, cuando hay luna llena se oyen sus risas llegando a la orilla con cada ola del mar, y se adivina la sonrisa de ambos titilando en el cielo en las despejadas noches. Incluso, quienes han llegado a visitar esta pequeña isla del Pacífico cuentan que allí aún están, juntas y amarradas en la arena de la playa, las barcas de los dos amantes, unidas por una cartela rememorativa en la que se puede leer: Los amantes pez luna

Como curiosidad, a añadir a esta leyenda, acontece que, las noches de esta época del año en las que ambos desaparecieron, los peces luna acuden al mismo lugar para reproducirse durante las noches de plenilunio. Es por esto que los lugareños decidieron llamar al astro de estas fechas, que con luz de plata nos baña en la noche, La luna de los amantes pez luna.

    Que tengáis una feliz noche de luna llena en Acuario,

                                                                                            María Reino


Texto y dibujo: María Reino

8/07/2024

Un cuento de hadas de los de entonces


 

El verano, como siempre, era caluroso pero efímero, y el paseo por las avenidas del jardín, que antiguamente había sido propiedad exclusiva de la familia real, procuraba a la población cercana un alivio al sofocante calor y un refugio de la ardua cotidianeidad. Pasear entre la exuberancia de aquel vergel era adentrarse en una atmósfera donde lo efímero se percibía en el breve lapso de las vacaciones estivales. Y pese a la transitoriedad, en aquel jardín el tiempo parecía suspenderse, atrapado en una quietud detenida entre dos períodos más largos y, por momentos, agitados. Así había sido siempre para Sandra.

Sandra era una de esas mujeres afortunadas que había podido dejar de lado su profesión para dedicarse por completo a su hijo y su hogar. Aunque para su madre y las mujeres del pasado esta forma de vida había sido la única opción, en tiempos presentes, con la incorporación de la mujer al mercado laboral, suponía un auténtico lujo renunciar, siquiera temporalmente, al desarrollo profesional, y quizá también al personal, para entregarse a una labor que durante siglos había sido incuestionable. 

Aquel era, además, el primer verano en el que su hijo corría, y saltaba, y Sandra había pensado que no habría mejor lugar para expandir y ejercitar aquellas rechonchas piernecitas que bajo el verdor de los grandes plátanos de sombra y los aromáticos tilos del magnificente jardín. Se entregaba a la maternidad con entusiasmo, convencida de la importancia de una crianza comprometida y consciente. Había leído diversos libros sobre el tema e incluso asistido a algunos talleres. Observaba sus ojeras y las diferenciaba de las otras mujeres de su edad, aquellas que debían fichar a las ocho de la mañana en una oficina y ausentarse de casa por más de diez largas horas.

Las ojeras de Sandra eran del color de los despertares tempranos, cuando su retoño, con energía desbordante, irrumpía en su cama dando brincos y reclamando el desayuno con alborozo. Y qué mejor despertar que aquel: ¿El estridente pitido de una alarma que obliga a apresurar un café amargo y trazar un delineador sobre una mirada agotada? No. Mucho mejor era abrir los ojos y encontrar a su pequeña estrella sonriendo al asomar el sol, anunciándole, con tumbos, una nueva jornada llena de posibilidades. Su hijo le había devuelto el sentido de la aventura que, tarde o temprano, la adultez roba a casi todos.  

        Después del desayuno y de recoger la casa, aprovechaban las horas en que el calor aún no apretaba demasiado para salir hacia el jardín real. Con suerte, pensaba Sandra, su pequeño, al corretear entre setos y fuentes, respirando la fragancia que los tilos desprendían en la humedad estival, caería en un sueño reparador que le permitiría a ella descansar un poco también. La energía desbordante de su hijo la mantenía exhausta, con unas permanentes ojeras que disimulaba con corrector.

Aquella mañana de agosto, el calor y la humedad eran aletargadores, pesaba respirar. Sandra se sentía más cansada de lo habitual; sus pies no querían caminar, sino arrastrarse, y de vez en cuando tenía que detenerse para tomar aire. La atmósfera parecía densa, impregnada no solo del aroma exuberante de la vegetación, sino también del verdor húmedo que el río exhalaba en verano al atravesar el valle. Todo tenía un aire de extrañeza, como si el mundo se percibiera a través de un velo difuso. Al pasar junto a un banco de madera con respaldo, Sandra aprovechó para sentarse mientras su pequeño jugaba, restregando un palito contra la tierra seca. De pronto, el niño tropezó con las raíces someras de un plátano de sombra y, con la fascinación del asombro infantil, exclamó: 

—¡¡Mamá, mira!! ¡¡Este árbol tiene una nariz y una boca!!

Sandra sonrió con nostalgia y abrió los brazos para recibirlo. 

—¿Sabías que la abuela, cuando yo era niña, me contaba que por esa nariz los duendes que viven dentro del árbol pueden oler a todos los niños que pasan cerca?  —dijo, con un brillo travieso en la voz.

—¿Y por qué, mamá? —preguntó el niño, llevándose un dedo a la boca. 

—Porque por esa boca grande que ves ahí, junto a la nariz, aspiran a todos los niños que no obedecen a sus papás y a sus mamás, igual que la aspiradora que tenemos en casa. 

El rostro de Pablo palideció de inmediato. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y, al contemplar su expresión aterrada, Sandra sintió una punzada de culpa. Había asustado a su hijo. «¡En qué estaba pensando!» se recriminó, mientras intentaba consolar la llantina espontánea de su pequeño, estrechándolo contra su pecho. ¡Qué crueldad asustar así a una criatura! Se sintió la peor madre del mundo. No solo mala madre, sino mala persona. Había traicionado el código de la crianza respetuosa que tanto se había esforzado en seguir.

Tras unos minutos de mimos y susurros, el niño se calmó. Sandra lo sentó en el banco y le acarició el cabello.  

—Espera aquí, voy a buscar la botella de agua. 

Se levantó, se agachó para sacarla del carrito y, al incorporarse, su hijo ya no estaba.

—¿Pablo? —llamó, sorprendida, mientras barría con la mirada los alrededores.  

Al no verle ni oír respuesta, un grito desgarrador estalló de su pecho:

—¡¡¡¿¿Paaaaabloooooo??!!! 

El jardín entero pareció quedar en suspensión. Ni el más leve susurro de hojas rompía el silencio sofocante. Con el miedo trepándole por la garganta, Sandra miró el árbol de raíces misteriosas, lo rodeó, escudriñó los setos cercanos y, entonces, algo se movió entre las ramas secas. Se acercó de un salto y vio, fugazmente, una figura de piel verde, de la estatura de su hijo, alejándose a brincos.

        Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Pablo, hijo —balbuceó, casi sollozando, mientras rescataba a su pequeño de entre las ramas secas—. Mamá te dijo que te quedaras ahí. 

Lo observó: tenía arañazos en los brazos, un agujero en la camiseta, manchas de tierra en la cara y algo de arenilla en la boca. Le sacudió el polvo de los pantalones y preguntó:

—Pero ¿qué ha pasado? Mira cómo te has puesto...

        El niño, afectado, la miró fijamente.

—Un niño de color verde me ha empujado, mamá. Y se fue por allí —dijo, señalando con su dedito hacia el punto exacto donde Sandra había visto desaparecer a la criatura. 

Luego, con el mismo gesto de antes, se llevó el dedo a la boca y, sin apartar la mirada del horizonte, preguntó:

—Mamá, ¿es eso un duende?


Texto y fotografía: María Reino.

5/07/2024

Cómo surgieron los cuentos, la música y el baile

 


Hoy es un día especial: hace 47 años vine a este mundo. Nací en el día del sabbat a una hora en la que el sol no proyecta sombra. Y como hoy es mi cumpleaños, y, como dice la canción: I can cry if I want to, quiero honrar mi día compartiendo uno de los cuentos que escribí recientemente (una mañana de esas en las que me da por madrugar y ponerme a escribir delante de mi ventana). Fue otro día 7 de hace dos meses. Las nubes de aquella temprana mañana de finales de invierno me inspiraron.

    Hoy el día luce sin nubes y la noche sin luna. Es un nuevo comienzo, lo sé, olí su fragancia cuando abrí de par en par mis ventanas al despertar.





7 de marzo, 2024

El día ha amanecido soleado, con algunas nubes que parecen de prestado, vacías, inertes aunque parezcan bellas. Quizá estén de paso y duden sobre adónde ir. No quieren marchar, se encontraban muy bien sirviendo de suelo en el Olimpo, el hogar de los dioses. 

Pero, un día, hubo una reunión de todas las deidades olímpicas, y todas acordaron por unanimidad que lo mejor sería renovar el decorado; querían otros colores en su hogar, otro ambiente. Estas nubes, además, se habían desgastado mucho con el paso del tiempo; de tanto ser pisadas y traspasadas. Los dioses atravesaban continuamente estas nubes cuando bajaban al mundo de los mortales, y, de hecho, estaban tan desgastadas que habían perdido gran parte de su sustancia. No solo ya no servían de suelo firme, sino que además se podía ver a través de ellas. Que los humanos pudieran ver, cuando alzaban la mirada, lo que los dioses hacían en cada momento no les hacía ni pizca de gracia a sus olímpicas divinidades. Al fin y al cabo todo el mundo es celoso de su privacidad y ama su intimidad.

Así que las nubes, apesadumbradas, al descender a capas más densas de la atmósfera, se impregnaron de unas tonalidades grisáceas, unas, y azulonas oscuras, otras, y comenzaron a vagar sobre las tierras donde vivían los mortales, proyectando sombras, tapando el sol y dejando lluvias, granizo o incluso nieve allá por donde iban pasando.

En algunos lugares apenas se las veía, y los mortales agradecían su presencia porque necesitaban el agua que traían para cultivar sus tierras; el sol irradiaba tanta energía, y durante tantas horas seguidas, que resultaba insostenible, día tras día, absorber tanta luz.

Las culturas de estas tierras amaban a la luna. Para los mortales de estas sociedades era un gran alivio contemplarla, esplendorosa, luciendo en el firmamento junto a las estrellas. Y como se encontraban tan a gusto bajo la luz lunar y estelar, las gentes de esta sociedad aprovechaban para reunirse y contar historias bajo la mirada atenta de esta gran dama de plata, la donna mobile que durante miles de años rigió nuestros calendarios. Para estas gentes, la luna era como una gran madre; gracias a ella se congregaban a contar historias de tiempos remotos que a todos unían. Era una madre porque nutría sus almas con cuentos y embellecía sus sueños con imágenes mientras dormían.

Sin embargo, había otras culturas en las que las nubes expulsadas del Olimpo parecían estar constantemente presentes, y al sol apenas se le veía. Como necesitaban algo del calor de la luz solar para secar sus ropas, cuando el sol salía, el día se convertía en una fiesta, y las gentes comenzaban a bailar y cantar canciones para acompañar sus pasos y brincos de alegría. Las letras de estas canciones también contaban historias y pronto, además, estas gentes aprendieron a acompañarlas, por ejemplo, con utensilios de cocina. Fue así como nació la música.

Y gracias a que las nubes fueron expulsadas por los dioses, nosotros, los humanos mortales, tuvimos historias que contar, música que escuchar y bailar, canciones que entonar e instrumentos que tocar. 

     Feliz día,
   María Reino  💝                    
                                                                                                                      

3/26/2024

El narcisismo por casi acaba con Blancanieves

Después de las mimosas en enero, las flores de almendro en febrero, ahora, en marzo, llegan los narcisos.

Hoy en día, siento que se habla con demasiada ligereza sobre el narcisismo y se aplica a todo aquel que tan solo tiene aires de megalomanía. Pero para quienes han sido víctimas del narcisismo, saben que el narcisista es mucho más que alguien que se dé una importancia en demasía. El narcisismo va mucho más allá. El narcisista quiere acabar contigo y la belleza natural que tienes, chupándote como un vampiro tu vitalidad, para que ni tú, ni nadie, le hagas sombra en esa idea de grandeza que se ha fabricado sobre sí mismo. En este artículo, quiero mostrar algunos aspectos de cómo se desenvuelve esta patología a través del cuento de Blancanieves de los hermanos Grimm. Mi intención es ofrecer un acercamiento, porque este tema se puede desarrollar aún más.

Como todos sabéis, Blancanieves tiene una madrastra, que desea ser la más hermosa del reino; y, para ello, pregunta incesantemente al espejito espejito mágico quién es la más bella. Cuando la malvada madrastra se entera de que tiene una competidora, ordena matar a la bella e inocente Blancanieves. Gracias a un acto compasivo del cazador encargado de dar matarile a la muchacha, Blancanieves consigue huir hacia el interior del bosque, refugiándose en una casita en donde viven siete enanitos mineros que terminan por acogerla y, también, protegerla cuando se enteran de su historia. 

El narcisista, como la madrastra, hará todo lo que esté en su mano para acabar con su víctima, y se disfrazará las veces que hagan falta para que caigas siempre en la misma trampa. Se acercará a ti las veces que sean necesarias, interpretando el papel de desvalido y víctima para que te apiades de él; para que bajes la guardia y te confíes, y despliegues tu empatía hacia él; una capacidad que el narcisista no tiene y mediante la cual intenta cazarte. 

Su otro modus operandi es ganarse tu confianza, ofreciéndote regalos con un envoltorio muy bonito. Estos obsequios pueden llegar a ser espectaculares y/o caros. Los narcisistas no escatiman en halagos, atenciones y tácticas seductoras cuando han elegido a una víctima. El papel del regalo con el que se presentan, y llegan a atraerte a su trampa, es maravilloso; el problema viene con lo que hay dentro: un presente emponzoñado, como podéis leer en este cuento. Además, y fundamental en su estrategia, siempre aprovechará que estás a solas para hacerse contigo; con el tiempo, incluso, te aislará de tu entorno para continuar con su plan de aniquilación. 

Cuando Blancanieves está sola en la casa porque los enanitos se han ido a trabajar, la madrastra, disfrazada de pobrecita viejecita, le ofrece a Blancanieves primero una cinta de seda multicolor, con la que intenta después ahogarla. La deja sin voz, sin aliento, de esta forma la víctima no podrá ni gritar y ni pedir ayuda. En la vida real esta cinta que envuelve al cuello viene con frases, por parte del narcisista, que van haciéndote dudar de tus opiniones y avergonzarte de ellas. Las invalidará, al principio, con apreciaciones que, según el narcisista, son bromas. Más adelante, puede decirte que lo que dices no tiene sentido y que es mejor que te calles porque así estás más guapa y, además, le haces quedar mal delante de sus amistades. Hay todo un recorrido en este sentido, y es en escalada. 

Cuando ya te deja sin voz como a la ninfa Eco, su próximo intento es meterte el veneno en la cabeza. ¿Y cómo lo hace? Dándote toda clase de mensajes que van enfocados a confundirte, que son contradictorios, que desdicen lo que anteriormente te haya podido decir, además de negar lo que ha dicho, jurándote que él jamás dijo lo que sí dijo. Donde dije digo digo Diego. Niega y miente como un bellaco con la intención de que dudes de ti misma. Llega incluso a hablarte de ideas raras, descabelladas, presentándotelas como si fueran normales y la rara fueses tú por no pensar de la misma forma que él. Te argumenta las cosas de una manera que no tienen ni pies ni cabeza, y que el narcisista defiende a capa y espada; no porque él crea estas falsas argumentaciones, también conocidas como falacias, sino porque le sirven para confundirte y manipularte. ¿Os vais enterando de lo que realmente es el narcisismo? De esto va, y para lo que vale, el peine con el que la impostora viejecita peina a Blancanieves. A esta táctica en psicología se la conoce como luz de gas.

Y no parará hasta matarte, y a la tercera por casi va la vencida: con la manzana de la tentación, y con la que Blancanieves cae definitivamente muerta durante un tiempo. Por suerte, el trozo de manzana se queda en la garganta y no llega al estómago. De haber sido digerido, el hígado hubiera tenido que procesar el veneno y Blancanieves hubiese, esta vez sí, muerto para siempre.

Y es que la madrastra, como el cuento narra, no quiere de Blancanieves cualquier órgano para cerciorarse de que ha acabado con ella, sino que le pide al cazador que le traiga su pulmón y su hígado. Es común que personas que han sido víctimas del narcisismo, hayan padecido, o padezcan, desequilibrios, dolencias y/o enfermedades relacionadas con los pulmones y/o el hígado. Los pulmones son los primeros órganos receptores que reciben el oxígeno del entorno en el que vives, es decir, lo que tomamos de la vida, y si lo que respiras es tóxico, te puede doler respirar, tomar el aire que necesitas para vivir. Si, además, intentan ahogarte con una cinta, como se cuenta en Blancanieves, te falta el aire; no recibes el oxígeno que necesitas para que tus glóbulos rojos oxigenen tu organismo y eliminen debidamente el dióxido de carbono de tu cuerpo. Esto causa sensación de cansancio, y es común que las víctimas de un narcisista manifiesten una sensación de agotamiento energético.

Cuando te tiene agotada energéticamente, viene la puñalada en el hígado por parte del narcisista. El hígado, al ser el único órgano que se regenera, una manera de acabar con él es dándole una puñalada. La otra manera es ingiriendo veneno. El hígado tiene varias funciones y una de ellas es la de ser la depuradora de nuestro metabolismo. Es el que filtra las toxinas, también las emociones empapadas en toxicidad, y por mucho que se regenere y filtre, si le intoxicas, muere. Todos sabemos que cuando nuestro hígado no funciona adecuadamente, es habitual sentir fatiga y debilidad.

Una vez que acabas por los suelos, muerta como Blancanieves, y que en la vida real se puede manifestar como una depresión (muerte anímica), el narcisista te deja tirada como un juguete roto y se encamina hacia su siguiente víctima sin despeinarse.

Pero mira que los enanitos le advirtieron una y otra vez, ¿eh? Uno se pregunta, ¿por qué cae Blancanieves una y otra vez en la misma trampa? Algunos pensarán porque es tonta. Yo digo, no, no es tonta, es inocente y la inocencia no es sinónimo de falta de inteligencia. Se puede ser inocente y muy inteligente. La inocencia está, además, bendecida por la gracia divina porque simboliza la pureza de corazón; los inocentes son los que ven a Dios porque son limpios de corazón. Las personas como Blancanieves son los bienaventurados. La inocencia es no ver maldad en el otro porque la persona inocente tiene ante todo un buen corazón y cree que los demás son como ella. Es decir, hay una base de confianza (para mí de carácter espiritual) en la vida porque para las personas inocentes el mundo es bueno. A Blancanieves le ocurre que, además, al ser huérfana de madre y tener un padre ausente, no ha recibido de niña lo que necesitaba de sus padres para desarrollarse emocionalmente en condiciones, y cuando recibe un regalo de otra persona, se siente querida. Hay un anhelo de amor por parte de Blancanieves. Se crió sola, la madre murió al nacer y al padre apenas se le menciona, está ausente. Cuántos huérfanos emocionales hay en la vida, necesitados de que les quieran y que terminan emparejándose con el primero o la primera que les ofrece migajas, y lo peor, que terminan aceptando un veneno envuelto en papel de regalo.

        También, cuando una víctima está en constante presencia de un agresor, lo normal es que aparezca el miedo; y ya sabemos que cuando esta emoción nos inunda, es difícil tener un pensar claro y saber discernir lo que mejor nos conviene. Por este motivo Blancanieves le abre la puerta de la cabaña, en la que se ha instalado, a la viejecita una y otra vez.

Ahora, la madrastra, ¿por qué insiste en querer acabar con Blancanieves? Menuda ojeriza le ha dado con la pobre muchacha. Porque la madrastra es mala, dirán algunos. Sí, es malvada, pero hay mucho más. Por un lado, el narcisista no respeta los límites, se dedica a transgredir una y otra vez el límite de la puerta que da entrada a tu casa, como en el cuento. Y por otro, la madrastra es envidiosa. Los narcisistas son tremendamente envidiosos, anhelan algo de las personas como Blancanieves que ellos nunca podrán tener: la belleza del corazón que hace que personas, como la protagonista de nuestro cuento, sean inocentes, sensibles, empáticas, buenas de verdad, de corazón. No es casual que le haya dado por Blancanieves. El espejito ya se lo dijo repetidamente: Blancanieves es la más bella; pero esta hermosura no hay que tomársela de manera física, literal. Blancanieves tiene una belleza que irrita a un narcisista porque este no la tiene, ni la tendrá nunca. La belleza de las personas con este trastorno de personalidad es falsa, fabricada a base de constante esfuerzo, de mucho maquillaje, peinados y atuendos caros para que el espejo, en el que constantemente necesitan mirarse, les refleje una buena imagen aunque sea en apariencia; en definitiva los narcisistas tienen una imagen debilitada de sí mismos y son personas con grandes complejos que intentan enmascarar a lo grande. Pero cuidado, no hagas de salvadora que, en cuanto se descuidan, se les ve el plumero, quedando al descubierto su gran prepotencia. Es gente que vive vendiendo falsas imágenes. La verdadera belleza es otra cosa, está en el interior de las personas, y esto es algo que el narcisista no posee, y como te envidia, como anhela algo que tú genuinamente sí tienes pero él no, no parará hasta acabar contigo.


        ¿Qué hay que hacer cuando una persona es víctima de un narcisista? En primer lugar alejarse, poner pies en polvorosa. En el cuento de Blancanieves se dan algunas pautas. Teniendo presente que hay unas heridas de abandono y de traición, lo importante es retirarse al bosque, el lugar en el que ocurren las transformaciones en los cuentos, para conectar con la naturaleza y con su gran poder sanador. Aquí, deberás habitar un nueva casa en la que te refugiarás temporalmente. Durante este tiempo, como hace Blancanieves, deberás poner orden, limpiar, recoger, coserte (las heridas); es decir, hacer terapia. Y en este proceso de transformación, fundamental, conectar con tu instinto (distinto a la intuición), descendiendo a las entrañas de la tierra como hacen los enanitos, conectando con la naturaleza, y remontarnos, también, a nuestra infancia para ver qué pasó; para encontrar aquella roca, aquellas heridas y así poder transformarlas en una nueva confianza y asertividad, nuestro mayor tesoro, lo cual nos posibilitará ser fieles a nosotros mismos en todo momento; la verdadera lealtad. Es entonces cuando llega el príncipe en el cuento, el leal caballero y da el beso de amor a su dama, y que hará que Blancanieves vuelva a la vida. En este sentido, el trabajo biográfico se presenta como una disciplina de autoconocimiento de gran ayuda, pues te permite conectar con tu poder transformador, a convertir la paja en oro, el carbón en diamante, la roca en tesoro. Es en las entrañas en donde se halla el fuego transformador y purificador, y conectar con el fuego es fundamental para el proceso alquímico por el cual la víctima resurgirá de las cenizas como el Ave Fénix.

    Otra enseñanza que ofrece este cuento es que, para ser tú mismo, es necesario morir. Morir para acabar con lo que ya no sirve, para dar lugar a algo nuevo y poder así continuar por el camino que lleva al palacio de la dicha, el verdadero hogar. En toda muerte hay un principio resucitador. Resucitar es volver a la vida con una lección más que aprendida, es vivir con una nueva consciencia que te llevará a vivir en palacio y ser reina, o rey, de tu reino y ser feliz por siempre jamás.



        Los cuentos no son solo para niños. Los cuentos transmiten una sabiduría ancestral y sanadora porque te muestran siempre la manera de superar el dolor que todos podemos llegar a sentir por diferentes circunstancias. Los cuentos brindan, además, la esperanza de un final feliz; llegar a este final es cuestión tuya. La vida siempre trae de todo, porque así es la vida, pero lo importante es saber qué quieres hacer tú con lo que te viene. Este es el acercamiento que tenemos en el trabajo biográfico.
        Hoy en día, en nuestra sociedad, mucha gente se acerca a los cuentos con un pensamiento racional, lógico mental, y literal, y no metafórico. Cuando leas un cuento, léelo como si fuera poesía, calará mejor en tu alma y podrás conectar contigo mismo de muchas y variadas maneras. Y si te cuesta, porque eres una persona muy mental, te recomiendo primero leer La biología de la creencia del biólogo Bruce Lipton. Una de las cosas que aprenderás leyendo este libro será cómo influyen los ambientes tóxicos en los organismos, haciéndoles enfermar.
        Para terminar, te invito a escuchar en el siguiente audio otro cuento diferente al de Blancanieves, y narrado por una servidora. En este cuento, podrás escuchar qué le pasa al protagonista que vive exclusivamente en las preocupaciones mentales, algo muy común en nuestra sociedad. Cuento: El hombre que tenía mala suerte



“Si escuchas a tu cuerpo cuando te susurra, no tendrás que oírlo gritar”.


Cuídate. Con cariño,
María Reino

Sagrada Unión

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