En cierto bosque, existen unas mariposas que, al batir juntas sus alas, forman una preciosa nube de color azul. Esta bandada de mariposas, todas azules, vuela por la floresta, disfrutando del aire intangible que se desliza entre los troncos de los árboles y buscando al oso Chinflón, un pardo y perezoso habitante del bosque, a quien es común encontrar sentado tranquilamente, comiendo bayas o cualquier otra cosa que le guste. Así es como disfruta la vida durante el día.
Chinflón tiene los ojos pequeñitos, pero cada día, cuando ve acercarse a la bandada de mariposas, se le abren tanto, tanto, que, si prestas atención, podrías llegar a ver de qué color es su corazón.
A Chinflón le encanta verlas volar y, cada día, las sigue allá adonde vayan. Le parece hermoso el rastro azul pálido con puntitos brillantes, como estrellas, que la nube de mariposas deja tras de sí. Esta estela, además, le resulta de lo más dulce: se cuela por su nariz como el mejor aroma que jamás haya olido.
Así es como las mariposas y el oso Chinflón recorren juntos el bosque, él siguiéndolas a ellas, todas azules, hasta que la tarde cae.
En este momento del día, cuando ya no es de día pero aún no es de noche, la nube de mariposas llega a una gran roca gris y se detiene junto a la entrada de una gruta. Allí, arremolinándose, mutan mágicamente en una bella joven cuyos ropajes son del color azul de las mariposas, adornados con los brillos de la estela que dejan al volar. Esta hermosa joven es un hada de cabellos rubios, recogidos en un semirecogido, que por las noches habita la cueva dentro de la gran roca.
El oso, al verla transformarse, también muta de repente y se convierte en un joven príncipe. Juntos, el hada y el príncipe se adentran en la roca donde pasan la noche.
En el interior de la cueva no hay oscuridad, aunque la noche haya caído. De ambos emana un resplandor cálido, suficiente para iluminar el camino sin necesidad de otra luz. La roca es enorme, con tantos paisajes dentro como los hay en el exterior. Incluso, si uno se aventura hasta lo más profundo, puede llegar a rincones del bosque accesibles solo desde la cueva, y que son realmente maravillosos.
Así pasan la noche el hada y el príncipe, explorando el interior de la gran roca y disfrutando de su forma humana. Y cuando perciben que el alba asoma con sus primeros rayos de sol, se dirigen hacia la entrada y vuelven a transformarse en su forma animal: el hada en una bandada de mariposas azules y el príncipe en un oso pardo.
Así, bajo los rayos alegres del sol, se mueven en su forma animal: ellas vuelan y él persigue la dulce estela que desprenden al batir sus alas.
¡Feliz Día Internacional de la Narración Oral y equinoccio de primavera! 🌼
María Reino